sábado, noviembre 14, 2009

Replicante 21: México hacia el futuro


En la nueva edición de la revista cultural Replicante —que cumple cinco años— se aborda el tema “México hacia el futuro” desde las diversas perspectivas de conocidos analistas y escritores. En el editorial del número 21 la directora, Roberta Garza, escribe que “aparte de emigrar es poco lo que se puede hacer en un país en ruinas, donde los mecanismos de crecimiento ciudadano han sido acotados por el oportunismo o la indiferencia. Poco más que tratar de que el pasmo no nos invada del todo para pensar, escribir y tratar de entender cómo fue que llegamos a esto y cómo es que vamos a salir”. Esta preocupación es la que anima al historiador Ariel Ruiz Mondragón a preguntarle a siete especialistas su parecer sobre cómo podría evolucionar este país en veinte o cincuenta años. Le responden José Antonio Aguilar Rivera, Roger Bartra, Juan José Doñán, Luis González de Alba, Macario Schettino, Eduardo Valle y Heriberto Yépez.

El dossier continúa con proyecciones futuristas —“Un abrupto atardecer apocalíptico”, “Implosión mexicana” o “Seis pre-ficciones sobre México en 2060”, por ejemplo— de periodistas y académicos como Ernesto Priego, Martín Mora y Juan Carlos Núñez, entre otros, y las antiutopías literarias de Óscar Aparicio Castillo, Armando González Torres, Rafael Toriz, Héctor Villarreal y Naief Yehya, entre varios más, que especulan no solamente con aspectos políticos, económicos y sociales, sino también con lo que podría acontecer en los ámbitos de la ciencia y la cultura.

Como ya es costumbre, Jorge Aviña, ilustrador de El Libro Vaquero, aporta su punto de vista en “El Cómic Intelectual”, esta vez con “La suave patria”.

En la sección de “Apuntes y Crónicas” el periodista italiano Alberto Spiller narra las tragicómicas peripecias que le sucedieron en su primera visita a la Selva Lacandona poco después de la insurrección neozapatista; Fernanda Melchor reconstruye la historia del Quemado, un delincuente linchado por la comunidad de Playa Vicente, Veracruz; Joaquín Peón Íñiguez cuenta la biografía de Marcola, el personaje de ficción más truculento del Brasil contemporáneo, y a veinte años de la caída del Muro de Berlín Alicia Caldera y Kelly A.K. dan cuenta de la ciudad reunificada y revitalizada por la música, la cultura y las bicicletas. Además, crónicas sobre Nueva York, el nuevo cine de terror francés y el proyecto artístico landings.

El cómic “Los espantapájaros” de las argentinas Muriel Frega y Carina Maguregui forma parte de la sección “Reseñas y Noticias”, en la que se abordan con crítico desparpajo las novedades literarias, musicales, cinematográficas y del mundo del teatro y de la danza.

En “El Folletón” se retoma la polémica sobre la censura a la reciente novela de Gabriel García Márquez y se indaga por primera vez en México en el mito de la relación entre John Fante y Charles Bukowski. Rubén Aguilar escribe sobre las “Siete características de la cultura política nacional” y Marco Gutiérrez Durán trae a la memoria la última obra de J.G. Ballard.

Contenido de esta edición:

Portada de Brenda Solís
Gráfica de Kelly A.K., Richard Avedon, Alicia Caldera, José Luis Cuevas, Eko, Gilberto Escayola, Alex Garrick, Jofras, Orlando López, Gonzalo Martínez, Yasser Musa, José Clemente Orozco, Soid Pastrana, Frederik Peteers, Diego Rivera, Rubén Sassano, Chema Skandal, Héctor Villarreal

RESEÑAS Y NOTICIAS
4 a 32 LIBROS Y AUTORES: Contra el libro de texto / Nota(n) roja, de Marco Lara Klahr y Francesc Barata / Para leer a Sartori, de José Ramón López Rubí Calderón (coord.) / Leyenda Morgan (cinco casos de sensacional policiaco), de Jaime Muñoz Vargas / El último lector, de David Toscana / Cena entre chacales, de Said Estrella / Una isla sin mar, de César Silva Márquez / Cuaderno de los sueños, de Manuel Iris / Desmitificando a Bolaño: el publicista y el escritor / Gasolina, de Quim Monzó / ¡Cuba, Cuba!, de Ruben Cortés / Road Story, de Alberto Fuguet y Gonzalo Martínez / Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx / David Foster Wallace: doble suicidio / El estudio adecuado de la humanidad, de Isaiah Berlin / Los bárbaros, de Alessandro Baricco / En la carretera, de Jack Kerouac / La pantalla global, de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy / The Monster Show: A Cultural History of Horror, de David J. Skal / Buzón Hache: novedades en inglés, por Heriberto Yépez CINE La vida loca de Christian Poveda / La suerte de la fea: Megan Fox / Synecdoche, New York, de Charlie Kaufmann / Ghost in the Shell, de Mamoru Oshii TEATRO Luis de Tavira: ser visto como un dios LITERATURA GRÁFICA Las novedades, por Blumpi CÓMIC Los espantapájaros, de Carina Maguregui y Muriel Frega MÚSICA Behind every Mask, de Sleeper / Farm, de Dinosaur Jr. / 11:11, de Rodrigo y Gabriela / Prosa Sonora, de Javier Fernández DANZA El fin: Ballet Teatro del Espacio

APUNTES Y CRÓNICAS
34 El día que se hizo tarde para todos, Vanesa Robles
35 Saliva en el cielo. Crónica argentina de la gripe A, Mario Sandoval
36 Un hombre rubio y barbado en la Selva Lacandona, Alberto Spiller
39 Escritores, Juan Carlos Gallegos
40 Tiras cómicas, Gilberto Escayola
41 El documento Marcola, Joaquín Peón Íñiguez
44 El corrido del quemado, Fernanda Melchor
46 Berlín, la capital reunificada a través de los clubes, Alicia Caldera
47 Berlin calling, Kelly A.K.
49 Réquiem por Nueva York, Alexis Romay
51 El show del horror de Ricky (Gervais), Eduardo Huchín Sosa
54 ¿Nouvelle horreur vague? El nuevo cine de terror, francés Rodolfo JM
55 La salud de los cerdos, Camila Krauss
56 El antídoto landings, Marisol Rodríguez

PENSAMIENTO Y REFLEXIÓN
58 El comic intelectual, “Suave patria”, Jorge Aviña y Héctor Villarreal
60 Pensar e imaginar. México hacia el futuro. Entrevistas de Ariel Mondragón a José Antonio Aguilar Rivera, Roger Bartra, Juan José Doñán, Luis González de Alba, Macario Schettino, Eduardo Valle y Heriberto Yépez
64 Un abrupto atardecer apocalíptico, Manuel Guillén
66 Paso a pasito, Ernesto Priego
68 Implosión mexicana, Martín Mora
70 Directo hacia el fracaso, Eugenio Arriaga
72 Seis pre-ficciones sobre México en 2060, Juan Carlos Núñez Bustillos
74 Noticias del futuro. Otro México fue posible, Héctor Villarreal
78 Noticias del futuro. Reporte internacional, Óscar Aparicio Castillo
82 México: los años tempestuosos, Naief Yehya
86 El arte del cambio inadvertido, Nayar Rivera
88 Necrológica mexicana, Rafael Toriz
90 Las letras mexicanas en el 2040, Salvador García
91 Año 2050. No más laureles para Virgilio, Armando González Torres
92 Un futuro de caricatura, Hugo Hernández Valdivia
94 La ciencia en México en el siglo XIX, Claudina Domingo
95 Obra negra, Alberto Allende-Montesinos
96 La revolución de Balderas, Jesús Manuel Lomelí
97 Videopredicadores. Intelevisos o telectuales, Héctor Villarreal

EL FOLLETÓN
102 Siete características de la cultura política nacional, Rubén Aguilar Valenzuela
103 Los niños bien, de Fernando Nachón, en el contexto de la literatura posmodernista, Ilia Alvarado Sizzo
108 J.G. Ballard. Milagros de vida o el lenguaje de la disección de los vestigios, Marco Gutiérrez Durán
111 Futuro del novelista mexicano consagrado en el exterior, Adrián Curiel Rivera
113 La increíble y triste historia del guión desconocido y sus censores desalmados, Guadalupe Beatriz Aldaco
114 El mito de Bukowski y Fante, Daniel Herrera

Además, otros contenidos que no se incluyen en la edición impresa en www.revistareplicante.com

Replicante también tiene un blog: www.revistareplicante.wordpress.com, en el cual los colaboradores abundan sobre noticias y textos de actualidad.

La edición impresa se vende en las tiendas Sanborns, las librerías Gandhi, Fondo de Cultura Económica, Educal Libros y Arte y otros puntos de venta en todo el país. En Tijuana: Librería Sor Juana (www.tijuanalibros.com) y Librerías El Día. En Guadalajara: puesto de periódicos de Av. Américas y Morelos; Librería México y Cafetería El Sorbo (Plaza del Sol); Magazine Depot (Plaza Arboledas); Librería Ítaca (Marsella y López Cotilla).

Contacto: editorial@revistareplicante.com
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Textos atrasados!

Se me estaba olvidando el blog, je je... Aquí les dejo un montón de textos publicados en Milenio Semanal en las últimas semanas...


El viaje por la patria

Mi padre se fue de viaje al más allá, sin despedirse, hace siete años. Ahora que fue mi cumpleaños brindé también por el suyo. En algún momento me pareció ver su risa socarrona y hasta creí escuchar su voz ronca diciéndome: ¡Salud!

Fue casi al salir de la infancia cuando me di cuenta del glorioso significado de la fecha de mi nacimiento: 16 de septiembre. Y de la de mi padre e incluso de la de mi hermano un año menor que yo: exactamente el mismo día. Nunca dejó de asombrarme la precisión del cálculo paterno para que sus dos primeros vástagos nacieran, con 365 días de diferencia, en ese día de fiesta nacional.

Durante la adolescencia me enorgullecía el hecho de haber nacido en la misma fecha —146 años después— en la que un cura criollo, concupiscente y revoltoso, se atreviera a proclamar la independencia del vastísimo territorio de la entonces Nueva España. El 16 de septiembre significaba un día de fiesta y la celebración de nuestros cumpleaños por partida triple. Mi papá inventó, ocurrente como era, el Árbol de la Independencia, un pino navideño vestido con cintas de los tres colores patrios, pitos y espantasuegras y una pequeña bandera en la punta. Sólo una vez, por suerte, se le ocurrió a mis padres llevarnos al zócalo a festejar el grito. Jamás lo hubieran hecho, la escandalosa turba alcoholizada que celebraba tan solemne fecha con cohetones, huevos de harina estrellados en la jeta del primer incauto y manoseos descarados a las mujeres de sus prójimos me parecía más salvaje aún que los pobres indios y descastados que formaron las huestes del padre Hidalgo.

Entonces México era, para mí, un país extraño que sólo conocía a través de los libros de texto y algunas revistas, el Alarma!, entre otras, que compraba mi tía Amelia —las escondía en un cuarto de servicio pero yo entraba a leerlas durante dos o tres horas atroces—, además de los viajes que hacíamos en las vacaciones de verano a Torreón, en medio del árido desierto, donde nació una buena parte de mi familia. Cruzábamos en ferrocarril por el Bajío y el Altiplano pasando por míseros poblados donde los desarrapados lugareños mendigaban unas monedas o un poco de comida, la que nos sobrara. La mirada de agradecimiento de aquel niño de grandes ojos negros que devoró ansiosamente las cebollas con chile que nosotros habíamos despreciado me acompañó durante las largas horas que restaban del trayecto, lo mismo que la estrujante historia del niño violado por un gavilla de bandidos y abandonado en el monte, según le contó a mi madre una pasajera.

Las estampas que veía no se parecían a las de los libros escolares, con niños siempre sonrientes y bien peinados. Pronto desapareció el orgullo de haber nacido en esa fecha tan ilustre. A veces, mirando por la ventanilla del tren durante esas travesías interminables, me parecía ver hordas de indios y mestizos sudorosos y hambrientos desparramándose por los campos saqueando pueblos y ciudades, vengando su largo resentimiento, saciándose en la tersa piel de mujeres limpias y bien alimentadas, como en los aciagos días de la independencia, de la revolución, de la cristiada.

El día de mi cumpleaños se convirtió sólo en eso. Esperaba regalos y una fiesta divertida. Así fue durante mucho tiempo, hasta el malhadado día en que, en mi aniversario número treinta, una mujer a la que yo pretendía con el entusiasmo de un adolescente llegó a mi propio departamento, tan quitada de la pena, con otro hombre —extranjero, para más señas.


El éxito planetario de Abba

Después del estreno en Broadway de la comedia musical Mamma mia, en la revista salon.com se desató una encendida polémica entre muchos de sus lectores después de leer el artículo “Knowing me, knowing ABBA”, de Mary Elizabeth Williams. (La discusión en general mantuvo un buen nivel y destacaban por su ausencia los insultos y las descalificaciones, tan comunes acá en los caldeados foros virtuales de revistas y diarios.)

Cada año ABBA vende más de dos millones de discos, sus canciones son coreadas por distintas generaciones y forman parte del soundtrack de buenas películas nostálgicas como Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (Stephan Elliot, 1994), sobre dos drag queens y una transexual que se dedican a la comedia musical, y La boda de Muriel (P.J. Hogan, 1994), la historia de una chica gorda y poco agraciada obsesionada tanto con el matrimonio como con las canciones de ABBA —ambas cintas australianas, por cierto.

El éxito del cuarteto sueco comenzó en 1974 con el triunfo de “Waterloo” en el Eurovision Song Contest, en Brighton, Inglaterra. A esa enérgica pieza que comparaba la derrota de Napoleón ante las tropas inglesas en la campiña belga con una dulce rendición amorosa siguieron decenas de melodías con extraordinarios arreglos instrumentales, orquestales y vocales de aparente simplicidad, además de complejas técnicas de grabación en varias pistas. Las entradas a los conciertos en el Reino Unido, Japón y Australia se agotaban para ver y escuchar a un par de músicos virtuosos y bonachones, más bien feos, y a dos deslumbrantes mujeres —una rubia, la otra morena— de voces tersas y perfectamente acopladas ataviados con vistosas capas, overoles, minifaldas y botas que remedaban la indumentaria plástico-espacial de Los Supersónicos. La producción musical de ABBA incluía algunas baladas con títulos en español como “Fernando”, una historia de amor con una nostálgica referencia a la Revolución mexicana (“¿Te acuerdas aún de aquella noche fatal cuando cruzamos el río Grande?”), “Hasta mañana” o “Chiquitita” (la canción que José María Córdoba Montoya, el súperasesor de Carlos Salinas, le canturreaba a su amante Marcela Bodenstedt). Apenas 111 canciones grabadas en total que competían en ventas con las más de doscientas grabadas por los Beatles en los años sesenta y por los primeros lugares con las de otras superestrellas del pop anglosajón de la siguiente década.

M.E. Williams afirma que la música de ABBA es una mezcla de canto espiritual, romanticismo y franca sexualidad —escandinavos, finalmente. No por nada, dice, Madonna usa en “Hung up” la figura en el sintetizador de “Gimme! Gimme! Gimme!”, que es, a su vez, una imperiosa demanda de satisfacción sexual. Entre los comentarios al texto de Williams un lector deja muy en claro que en el universo del rock-pop anglosajón se encuentran de un lado grupos como los Beatles, The Who, Led Zeppelin o King Crimson —es decir, la vanguardia, la experimentación y la evolución—, y del otro lado los Bee Gees, ABBA, Michael Jackson y Madonna —o sea, la más pura esencia del pop: entretenimiento de calidad. Una clara división que por desgracia no existe en México, donde se venera a productos insufribles como Maná, Ely Guerra, Julieta Venegas o Belanova, entre otras ñoñerías.

No sólo Elvis Costello se declaró fan de ABBA —www.elviscostello.info—, también Kurt Cobain, así que no tengo empacho en admitir que ese cuarteto sueco es el mejor grupo pop de la historia.



Doggie Style

En 1982 las autoridades del Instituto Mexicano de Psicoterapia Psicoanalítica de la Adolescencia dirigieron una carta al estudiante Fernando Nachón. Vale la pena transcribirla toda, pero por favor coloque usted los sic donde lo crea conveniente: “Es consenso de tus maestros que tu participación es negativa, deficiente, escasa y que tiende a descontrolar el proceso de enseñanza en tu Generación. Debido a este tipo de participación, tu aprovechamiento es calificado irregularmente, pero tus maestros están de acuerdo en calificarlo como nulo, deficiente o desconocido en términos generales. Es cuestionable el que debas proseguir tu formación ya que de continuar esta actitud nos veremos obligados a responder a ella dándote de baja de la Institución”. Más parecido a un demonio que a un ángel, es cierto, Fernando Nachón finalmente fue expulsado por los directivos del IMPPA, a los que ya había logrado desquiciar. Admirador de Malcolm Lowry y de Bukowski, además de los antipsiquiatras Ronald D. Laing y David Copper, más tarde Nachón se titularía como médico cirujano en la UNAM.

Fernando Nachón (Ciudad de México, 1957) no figura en ninguna antología aunque ha publicado libros con títulos tan poco pudorosos como Muñeca, haz favor de quitarte el sostén (1985), De a perrito (1986), Diario de un pend*** (1988), Los niños bien (1998) y Cachetadas en las nalgas (2007), entre otros que sus fieles lectores atesoran con celo ejemplar. En 1995 su novela El libro del eterno retorno se publicó por entregas en el desaparecido suplemento sábado del diario unomásuno, dirigido entonces por el entrañable Huberto Batis, con quien Nachón a la postre tendría un triste desencuentro. Prolífico como pocos, guarda en cajones y discos duros decenas de escritos, poemas, novelas y ensayos como Siempre que orino pienso en algo importante, Los niños bien, Escalones de hielo gris y ¿Deben los filósofos fumar mariguana? Algunos de ellos han visto la luz en la caprichosa blogósfera y en sitios como El poder de la palabra (www.epdlp.com).

De a perrito es una novela vertiginosa, intensa, en gran parte autobiográfica, escrita en veintiocho días por un autor enfebrecido por el alcohol y poseído por unos celos lacerantes. La crítica neoyorquina Amy D. Prince, traductora de esa novela al inglés, escribe en el prefacio de la edición londinense (a la venta en Amazon) que “Doggie Style, en su combinación de irreverencia, ironía, humor y pathos, revela un mundo saturado de los iconos por los que Nachón se siente victimizado: el lenguaje, el sexo, la violencia, el odio y la banalidad. Un mundo que, a pesar de estar localizado en México, resulta muy familiar para cualquiera que viva en lo que conocemos como el mundo moderno”.

A Nachón le parece gracioso —lo es— que haya sido una judía neoyorquina quien se haya interesado en la traducción de su novela —hace ya dieciocho años— y un inglés musulmán el que se decidiera a publicarla apenas el año pasado. Escribe Prince en el prefacio que el lenguaje y el estilo de Nachón guardan semejanzas con el de Jay McInerney —autor de La historia de mi vida—: “Urbano, displicente, avezado en el caló callejero, Nachón plasma un paisaje deplorable pero no exento de humor: ‘Ah, qué bien se siente ser yupi... Puedo ir con mis amigos pobres, si quiero, y si no, puedo irme de reventón con los ricos. Pero, oh, destino, siempre acaban por correrme de los dos lados’”. Hay quienes desean expulsarlo también de la literatura mexicana.


Eko y Denisse

Coincidíamos en la redacción de sábado, cuando visitábamos al gran Huberto Batis. Eko y yo éramos privilegiados pues sus dibujos y mis textos aparecían en las páginas de ese suplemento dirigido con maliciosa sabiduría por aquel excelso pornócrata y editor que alojó sin miramientos a turbas de poetas, periodistas, narradores y otros desamparados.

Yo era —lo sigo siendo— un ferviente admirador de Denisse, una hermosa mujer de selvática cabellera y siempre desnuda —más que desnuda— con la que Eko extasiaba a una lúbrica generación de lecto-escritores. Las tiras fueron recogidas venturosamente en El libro de Denisse, con prólogo de José Luis Cuevas y una inquietante selección de textos de Andrés de Luna (Grijalbo, 1990), ellos mismos erotómanos de gran calado.

“Aprendí que dibujar excita a las mujeres”, confesaría Eko más tarde. “No me ven a mí, ven mis dibujos. Piensan que si soy capaz de dibujar esto, soy capaz de otras cosas”. La inaprehensible Denisse mostraba cada sábado las formas más extremas y terribles del erotismo. Voluptuosa y sádica, pero también frágil e incluso sumisa, era la representación perfecta de los delirios más lúcidos del Divino Marqués. “La voluptuosidad y el erotismo son materia del arte”, dice Héctor de la Garza, el nombre de Eko cuando deja las plumillas y la tinta a un lado. “La vida del artista también es materia del arte, sus obsesiones alimentan su obra, la disciplina y el rigor las definen”. Es cierto, en las aventuras en las que Eko obligó a participar a Denisse —y en las que el pícaro dibujante se solazaba—, el dibujo es perfecto, armonioso, como si hubiera sido trazado de una sola vez con una única línea que se prolonga portentosamente para dar aliento a personajes y escenas de lascivia impensable por su refinamiento y su crueldad inaudita. Varias veces, recuerdo, volví la vista una y otra vez al horizonte y después al papel para asegurarme de que la insólita imagen era real y que Denisse, poseída por bestias y demonios, llorando y rabiando de dolor y gozo, efectivamente era sujeto de indecibles torturas y placeres prohibidos.

A Eko se le ha acusado de pornográfico —a lo que nuestro artista responde con una sonrisa que podría parecer perversa— e, increíblemente, se le sigue censurando en nuestros días, como aconteció con su muestra Después de la orgía en un espacio de la mojigata colonia Condesa de la Ciudad de México. Escribe Eko: “Los dibujos que colgué en salón principal del Café 22 fueron descolgados. Los asiduos se escandalizaron de las imágenes explícitas de penes y coños que colgaban de las paredes. Hoy que podemos ver cotidianamente asesinatos y decapitados por miles, que escuchamos cómo la impunidad es la forma de relacionarse con la ley, ver el cuerpo humano y nuestra sexualidad es repudiado como un delito. Hasta que no seamos capaces de mirarnos no seremos capaces de enfrentar nuestros problemas. Estoy consciente de que mi obra, más que nada, exhibe los prejuicios y las limitaciones de la sociedad, y corro ese riesgo cada vez que expongo. Mi trabajo seguirá adelante, la censura no es una fuerza capaz de detenerme”.

Sus maestros, los míticos Josep Bartolí y Vlady, adivinaban ya esa perversión temprana y trataron de sublimarla predicando con las obras de Durero y Rembrandt, logrando con ello tan sólo convertir al púber artista en un virtuoso que parió a uno de los seres más bellos y entrañables de la gráfica contemporánea. Aquí está: eko-works.blogspot.com


El Gabo

Una fuerte amistad une a Gabriel García Márquez con el dictador de Cuba. Sobre el autor de Cien años de soledad confluyen los haces de potentes reflectores en estos días en que, por un lado, ha sido acusado de hacer apología de la pederastia y, por el otro, en que su vida ha sido revisada por Enrique Krauze en la revista Letras Libres de octubre a propósito de la aparición de Gabriel García Márquez. A Life, del profesor inglés Gerald Martin. Krauze señala pasajes olvidados u omitidos en esa “biografía oficial” del célebre Gabo y cree haber encontrado los verdaderos orígenes —no los contaré aquí— de su amor por Fidel Castro, su lealtad incondicional y la vista gorda o sus justificaciones ante crímenes, fusilamientos, escasez y racionamiento de víveres, ausencia de libertad de prensa y otras atrocidades comunes en el régimen totalitario más longevo del planeta. García Márquez ha preferido olvidar la frase de José Martí, tan querido en Cuba y tan usado por Fidel: “Contemplar un crimen en silencio es cometerlo”.

En “El comandante sí tiene quien le escriba”, un viejo artículo, escribí: “Durante la celebración de los cuarenta años de la victoria de los guerrilleros, el comandante Fidel Castro recibía en La Habana los cálidos elogios de dos premios Nobel, José Saramago y Gabriel García Márquez. ‘Lo sabemos, hay problemas en Cuba —declaró Saramago—. Pero los problemas de Cuba, Cuba los resolverá. En la buena dirección siempre, con todas sus contradicciones, sus tensiones internas...’ La ingenuidad y buena voluntad del escritor lusitano —que borra de un plumazo a los casi dos millones de exiliados cubanos, a los encarcelados y a los reprimidos con brutalidad—, en los linderos siempre de la ceguera y la estupidez política, contrastan con el untuoso pragmatismo que García Márquez ha desarrollado hábilmente a lo largo de su carrera de escritor y diplomático sin cartera. El escritor declaraba a la prensa: ‘Con Fidel me he quedado sorprendido: cada día más fuerte. Lo que más me ha llamado la atención de su discurso, y lo que menos se le nota, es que es un gran escritor’” (El dilema de Bukowski, Ediciones Sin Nombre, 2004).

Cito, si me permiten, un párrafo más de ese texto: “Gabo se ha cuidado bien de no mencionar jamás nada sobre la represión cotidiana, el hambre, los presos políticos, la debacle económica apenas paliada por el turismo, la guerrera aventura angoleña, la prostitución o el amañado juicio y fusilamiento del coronel Arnaldo Ochoa y los hermanos De la Guardia, chivos expiatorios en el escandaloso caso de la complicidad del gobierno cubano en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos. ‘Mi obsesión con diferentes estilos de poder es más que literaria: es casi antropológica’. Así explica García Márquez la intrigante cercanía con Castro. Pero, más que una obsesión, el escritor parece estar fascinado irremediablemente por el poder: mientras más avasallador y total, mejor; como las polillas que describen vertiginosas espirales suicidas en torno a una candela. Tomando como paradigma a Francisco Franco, Gabo escribió El otoño del patriarca durante su estancia española; la novela, paradójicamente, se publicó en 1975, el año de la muerte del longevo caudillo por la gracia de Dios. Debe añadirse, como dato curioso, que Franco y Castro, ambos de ascendencia gallega y situados en los extremos del espectro ideológico, mantuvieron un respetuoso y discreto silencio en relación con sus respectivas y monolíticas dictaduras”.


El otoño del pederasta

Los demonios de la censura
Aunque es uno de los fundadores y principales animadores de la Escuela Internacional de Cine y TV en San Antonio de los Baños, Cuba, Gabriel García Márquez y el cine han mantenido una larga relación mal avenida. De las películas inspiradas en sus relatos o incluso aquellas en las que el escritor colaboró como guionista no hay una sola que pueda considerarse una obra maestra de la cinematografía —la mayoría son producciones olvidables. Acaso una veintena o más títulos de cintas mexicanas y coproducciones entre Cuba, Colombia, Chile, Italia o Venezuela —desde En este pueblo no hay ladrones (Alberto Isaac, 1965) hasta El amor en los tiempos del cólera (Mike Newell, 2007)— sean suficientes para demostrar la ingratitud del séptimo arte con el afamado escritor colombiano. Entre las fallidas películas vinculadas a su pluma están, por ejemplo, La viuda de Montiel (Miguel Littin, 1979), Crónica de una muerte anunciada (Francesco Rosi, 1987) y Un señor muy viejo con las alas enormes (Fernando Birri, 1988), por no hablar de El amor en los tiempos del cólera, tedioso melodrama que mereció un Globo de Oro por mejor canción original... de Shakira.

La mala fortuna cinematográfica insiste en perseguir al Nobel colombiano, pues el proyecto de llevar al cine su novela Memoria de mis putas tristes se ha visto frustrado por ahora debido tanto a la protesta de la activista y periodista Lydia Cacho como a la demanda de Teresa Ulloa —directora de la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe— contra “quienes resulten responsables por el delito de apología de la prostitución infantil y la corrupción de menores”. “Pensamos que [la cinta] lleva a naturalizar el fenómeno y pone en grave riesgo a todos los niños y niñas pobres de nuestra América Latina y el Caribe”, dijo Ulloa. En “Pedófilos preciosos y el Nobel” (El Universal, 5-10-09) Lydia Cacho también cuestiona a García Márquez por no expresarse respecto de la intención del gobierno del estado de Puebla de invertir en ese filme —en sociedad con las empresas Televisa y FEMSA— pues, según ella, sería “una apología fílmica de la trata de menores”. El enojo de la periodista es comprensible ya que fue el gobernador Mario Marín quien fraguó su secuestro y vejación en contubernio con el empresario y pederasta Kamel Nacif, denunciado por ella en su libro Los demonios del Edén (Grijalbo, 2005). Lydia Cacho estuvo a un paso de ser encarcelada por “difamación” y violada por presas que cumplirían las indicaciones de Marín y de Nacif, grabadas en la conversación telefónica de todos conocida. La labor de denuncia de abusos sexuales reales a menores que llevan a cabo Lydia Cacho y otras personas y organizaciones es necesaria y debe ser respaldada y protegida por el Estado, pero, como escribe el periodista español Pablo Santiago, autor de Alicia en el lado oscuro, “querer meter todo en el mismo saco (ficción, realidad, literatura, moral, hechos, opiniones) para avalar lo que piensa uno es intelectualmente insostenible”.

Ya en Los demonios del Edén Lydia Cacho había arremetido no solamente contra la novela de García Márquez, sino también contra Lolita, de Vladimir Nabokov; dos obras que, de acuerdo con la también escritora, subliman el abuso sexual infantil. En el breve y penoso capítulo “Succar leyó Lolita” Lydia Cacho cita a la periodista colombiana Sonia Gómez, quien reprocha a su célebre paisano no “haberse ocupado, a estas alturas de la vida, por contarnos historias que nos den luces para salir de esta noche negra de Colombia, donde los niños y especialmente las niñas, se han convertido en carne tierna para roedores humanos”. Para ella El Escritor debe ser la luz y la guía moral de la sociedad, nada menos, como también lo sugiere Cacho: “Otro premio Nobel, J.M. Coetzee, publicó un ensayo en El País, sobre esta obra de García Márquez y su relación con la pedofilia. Coetzee reflexiona sobre la insatisfacción moral que le deja este libro de Gabo; le compara con Kawabata y el Quijote argumentando que el final de Memorias (sic) es moralmente cuestionable. La pregunta a responder es ¿tienen o no escritores y artistas una responsabilidad moral por lo reflejado en sus obras y por cómo se utilicen?” Para Lydia Cacho la cuestión es tan simple como que la creación literaria y artística no debería abismarse en temas escabrosos ni hurgar en la psicología profunda de seres humanos imaginarios o de carne y hueso, en sus razones, delirios y motivaciones más hondas, sino que debería empeñarse en la creación de mundos y ficciones edificantes que no inquieten a los lectores ni, peor aún, los estimulen a mitificar o imitar conductas reprobables. Por ello sorprende que Lydia Cacho no la haya emprendido aún contra la Biblia por sus repetidos y sangrientos versículos cargados de crímenes, violaciones y atrocidades, ni contra escritores y cineastas como Shakespeare, Sade, Flaubert, Céline, Aguéev, Bukowski, García Ponce, Scorsese, Luna o Vallejo, entre una multitud de ilustres habitantes del enorme catálogo de la literatura y la cinematografía universal que pasarían, según su rasero personal, por apologistas del asesinato, la prostitución, la drogadicción, el adulterio... Para ella y para Teresa Ulloa una película como Memoria de mis putas tristes podría ser tan perniciosa o más que una red de pederastas en la vida real. Curiosamente, Lydia Cacho y la Coalición han pasado por alto que el gobierno de Puebla financió con 14 millones de pesos la película Arráncame la vida (Roberto Sneider, 2008), basada en el best-seller de la poblana Ángeles Mastretta y en la que Catalina Guzmán, de apenas quince años, se deja secuestrar y desvirgar por el prepotente y asesino general revolucionario Andrés Ascensio, ya casi en sus cuarenta.

Paradójicamente, podrían revertírsele los argumentos a Lydia Cacho pues al denunciar, describir y exhibir, como periodista, crímenes de pederastia, hace algo no muy diferente en su ámbito a lo que sus detestados García Márquez y Nabokov hacen en el suyo. ¿No podría Los demonios del Edén convertirse en fetiche u objeto de culto de algún perverso violador de niños? No importaría, al final de cuentas, si es ficción o información lo que se lee.

Historia de la pederastia —y algo sobre la paidofilia
Es una lamentable paradoja que en las instituciones encargadas de proteger y educar a la infancia y a la adolescencia se cometan con frecuencia toda clase de abusos contra ellos, en un contexto social de deficiencias y negligencia en la impartición de justicia que hace posible agresiones sexuales, violaciones, secuestros, tráfico de órganos, torturas y hasta asesinatos. Iglesias, jardines de niños, escuelas, hospitales, internados, academias militares y reformatorios son escenarios cotidianos de crímenes contra menores, muchos de los cuales quedan impunes.

Pablo Santiago expone en Alicia en el lado oscuro. La pedofilia desde la antigua Grecia hasta la era Internet (Madrid: Imagine Ediciones, 2004) una extensa y documentada historia de la pederastia. “En los medios de comunicación se confunde tanto pederasta como paidófilo como abusador de menores. Se ha obviado la etimología de las palabras. En la Antigua Grecia el erasta era el amante adulto (de 25 años o más) de los eromenoi (los menores amados, cuya edad de iniciación, de acuerdo con diversos autores, era de doce o de quince años)”, dice el periodista y escritor gallego. “Había relaciones sexuales consentidas y estaba permitido sólo en algunas ciudades-Estado. Tener relaciones con niños era delito y podía acarrear la muerte o el ostracismo. Pederasta sería pues el amante de menores con relaciones completas en sentido estricto, aunque la minoría de edad de hoy y la de la Antigüedad nada tienen que ver”. En cambio, sigue Santiago, el término “paidófilo —amigo de los niños, según su etimología— hoy debería aplicarse a quienes tienen esa atracción por niños o niñas pero no la ejercen, no buscan ni mantienen relaciones con ellos”. Aunque “hay menores seductores de adultos. Lo sé por conocimiento directo”, narra el escritor Luis González de Alba. “Uno de estos casos aparece en mi novela Cielo de invierno: un casi niño seduce choferes de taxis, de los llamados ruleteros en la ciudad donde creció porque siguen un circuito fijo. Siendo un pre-adolescente de gran belleza, siempre los consigue. Hasta que un chofer se le enamora y comienza a buscarlo rondando su casa” (“Paidofilia hay buena y mala”, Milenio, 11-10-09).

Si bien Pablo Santiago reconoce “la valentía de la autora de Los demonios del Edén por atreverse a escribir sobre algo tan peligroso en un país en el que la vida de un periodista, y más de una mujer, o de cualquiera en general, no vale demasiado”, sus objeciones son de peso: “El inicio de la confusión aparece en el capítulo ‘Protegidos por Wall Street’, donde Cacho, como la mayoría de oenegés que se benefician de este asunto, relaciona pornografía infantil con industria del sexo. ¿Qué tienen que ver Playboy o Larry Flint con la red de pornógrafos infantiles de Cancún? Los argumentos son retorcidos, falaces. Le faltan datos y rellena con lugares comunes. Hay una absoluta ignorancia sobre el fenómeno de la paidofilia y sus implicaciones a lo largo de la historia. Ante esta nueva cruzada, la industria del porno para adultos está más tranquila que nunca: ahora hay paidófilos por todos lados, son el nuevo terrorista emocional. Las fuentes que cita sobre abusos y efectos son tan escasas que no puede ser tomada en serio la parte final del libro”.

En su libro Los derechos de los malos (1998) González de Alba dice que “la minoría de edad concierne a dos negaciones: 1. La negación a decidir sobre el empleo del propio cuerpo. 2. La negación a decidir sobre la conducción del cuerpo social”. “Por la segunda negación”, continúa, “los menores no pueden votar. Por la primera, no pueden coger”. Un menor puede desear sexualmente a un adulto, ¿pero es normal que un mayor lo sienta por los menores? Pablo Santiago dice que “ésa es una pregunta que deben responder los científicos. Lean Cómo funciona la mente (2001) de Steven Pinker y que cada cual saque su conclusión. El fenómeno de las ‘Lolitas’, por ejemplo, trasciende Japón y se cuela en todas las teleseries y en los nuevos grupos musicales infantiles. Muchas obras literarias recogen esta pulsión humana...”

Vuelve la Vela Perpetua
Lydia Cacho y la directora de la Coalición Regional han pasado del activismo y la denuncia a una militancia que trae a la memoria los afanes censores en los años cincuenta de la Vela Perpetua, la Liga de la Decencia y la Unión Femenina Católica Cristiana, “quienes se atribuyeron la tarea de censurar las cintas y evitar la corrupción de la juventud”, escribe Evelia Reyes Díaz en “La censura a mediados de los años cincuenta del siglo XX” (Parteaguas, núm. 17, verano de 2009). Añade la investigadora: “En la defensa de la moral del cine hubo dos vertientes, una laica y una clerical, ambas con tintes conservadores”. En esos años la Iglesia y el Estado aseguraban que no condenaban el cine en sí “sino la inmoralidad del cine”, dice Reyes Díaz. El mismo papa Pío XII “habló de la importancia de vigilar al cine, puesto que era un muy importante medio con poder e influencia sobre la sociedad”. Dos de las películas que fueron prohibidas en 1954, por ejemplo, son Caballero a la medida, con Cantinflas, y La rebelión de las adolescentes, por considerarlas “ofensivas a la dignidad y a la decencia”.

En suma, frente a Marcial Maciel y otros de similar calaña, la acusación contra un par de escritores de hacer apología del abuso sexual es un despropósito que raya en el ridículo. Más seriedad, señoras.

De consulta indispensable:
Fernando M. González, La Iglesia del Silencio. De mártires y pederastas, México: Tusquets, 2009.
Pepe Rodríguez, Pederastia en la Iglesia católica. (Delitos sexuales del clero contra menores, un drama silenciado y encubierto por los obispos), Barcelona: Ediciones B, 2002. (Véase www.pepe-rodriguez.com).
Pablo Santiago, Alicia en el lado oscuro. La pedofilia desde la antigua Grecia hasta la era Internet, Madrid: Imagine Ediciones, 2004. (Véase www.aliciaenelladooscuro.com).


Comunistas en el túnel del tiempo

El Partido Popular Socialista de México (PPSM) expresa su amistad revolucionaria con Cuba y con partidos socialistas y comunistas del todo el mundo, así como su apoyo incondicional al Sindicato Mexicano de Electricistas, sin ningún reparo en la insultante riqueza de su corrupto líder Martín Esparza.

El PPSM no cuenta con registro electoral, y en su sitio —www.ppsm.org.mx— explica que “ese registro le fue anulado en dos ocasiones, ambas ya en la etapa neoliberal: en 1994 y en 1997, cancelándose así la viabilidad de la representación de la clase obrera en el Parlamento y dejando a ese cuerpo como monoclasista, con la sola participación de los representantes de la burguesía, con varios partidos que no se diferencian por cuestiones de fondo sino apenas de matiz”. El partido fue creado en 1948 por Vicente Lombardo Toledano, también fundador de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), que condujo de 1936 a 1941. De su maestro Antonio Caso aprendió Lombardo los principios del marxismo, y con él compartía la valoración del Manifiesto comunista como “el documento filosófico más importante de todo el siglo XIX”.

En su Declaración de principios el PPSM afirma que “lucha por la transformación del régimen social injusto que prevalece en nuestro país, para sustituirlo por un sistema socialista y comunista en el que se expresen la más elevada fraternidad y el humanismo más consumado”; —tome aire— “en el que se hayan erradicado para siempre las contradicciones entre clases sociales, la discriminación de todos los tipos y la explotación de unas personas por otras. Reemplazar al régimen capitalista por el socialista y comunista”, y continúa imparable con una prolija interpretación de las condiciones actuales de la lucha de clases en México y el camino a la transformación guiado, por supuesto, por la vanguardia del proletariado a la luz del “marxismo-leninismo-lombardismo”.

Un manifiesto que aparece en el sitio del PPSM —redactado en Cataluña por Colectivos de Jóvenes Comunistas: www.nodo50.org—, y que sería divertido de no ser por su anacronismo y tosco desconocimiento de la historia, es “Respondamos masivamente y con firmeza contra el anticomunismo en todas sus expresiones”, en el que “cuadros, militantes, amigos y simpatizantes de Partidos Comunistas y Obreros electos a parlamentos, entidades locales, direcciones de sindicatos y organizaciones de masas” denuncian a ciertas fuerzas políticas al servicio del capitalismo de distorsionar la historia al pretender “igualar el nazismo con el comunismo por medio de los intentos de proclamar el 23 de agosto ‘día de recuerdo de sus víctimas’”. (Se trata de una iniciativa del gobierno francés a la ONU para crear el “Día internacional del recuerdo de la trata de esclavos y de su abolición”, pues ese día de 1791 hubo una insurrección de esclavos en Santo Domingo.) El manifiesto citado también muestra su indignación por el cambio de nombre del “Día de la Victoria de los Pueblos” a “Día de Europa”, que celebra el 9 de mayo de cada año la entrada a Berlín en 1945 de las tropas estadounidenses y soviéticas —estas últimas un verdadero ejército de violadores en masa—. Ese año la antigua Unión Soviética empezó la instauración de regímenes totalitarios en todo el este europeo, muy semejante al que el Tercer Reich deseaba imponer al mundo. El de Stalin fue un fascismo que para entonces ya había cobrado millones de vidas. Ese es el tipo de comunismo que anima al PPSM.


Remember New’s Divine

No se ha sabido de alguna razzia reciente contra adolescentes y jóvenes en discotecas y centros de diversión en la Ciudad de México. No al menos como la del New’s Divine y el operativo que se le salió de control a la Policía capitalina y que causó la muerte a nueve jóvenes y tres uniformados. Hasta entonces esas vejaciones y extorsiones a jóvenes de escasos recursos —primero los pobres— eran muy frecuentes y toleradas por el jefe de gobierno Marcelo Ebrard (y por todos los anteriores gobiernos del PRD y del PRI), quien después de la tragedia declaró que hubo “graves errores” en ese operativo realizado la tarde del viernes 20 de junio de 2008, reconoció que esos acontecimientos son “indignantes” y “éticamente irresponsables”, se comprometió a aplicar la ley “para que no exista impunidad” y reiteró su solicitud a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) para que interviniera en las tareas de investigación.

En el boletín de prensa 155/2009 de la CDHDF se lee: “A un año de los acontecimientos [...] el Presidente de la CDHDF, Emilio Álvarez Icaza Longoria, exigió justicia ejemplar junto con los familiares y amigos de las víctimas, en lo que calificó como un caso paradigmático de violación de los derechos humanos de las y los jóvenes de la ciudad de México”, y que “A un año no hay responsabilidades penales definidas, no hay culpables penales definidos, y ese es el tema más grave”. Sin ruborizarse, Álvarez Icaza pasa por alto que fue él mismo el que exculpó a Marcelo Ebrard, atribuyéndole tan sólo “responsabilidad ética” al secretario de Seguridad y al procurador de Justicia, a quienes el jefe de gobierno pidió su renuncia —acto con el que pretendió restituir la moralidad de su autoridad.

Es pertinente recordar esto porque el 6 de noviembre el Senado definirá la terna de candidatos de la que saldrá el siguiente presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Álvarez Icaza, uno de los 27 aspirantes, es apoyado por quinientas organizaciones civiles (según el sitio emilioalvarezicaza.info, donde pide ayuda económica para su campaña), así como de personalidades como José Woldenberg, Denise Dresser, Clara Jusidman y Ernesto López Portillo, que a su vez son consejeros de la CDHDF.

Sin embargo, el respaldo no es unánime y hay quienes están convencidos —me incluyo— de que Álvarez Icaza no es un buen candidato a la presidencia de la Nacional. Las razones de esta oposición se han hecho públicas pero al parecer han pasado inadvertidas para sus entusiastas y muy políticamente correctos postuladores. Además de la exculpación de Marcelo Ebrard en el caso New’s Divine, Álvarez Icaza también cometió irregularidades e injusticias durante su gestión, como el cierre arbitrario del Centro de Atención Integral y Servicios (CAIS) que ofrecía servicios médicos, psicológicos y legales a sexoservidoras —y a sus familiares— del área de la Merced, históricamente vejadas y extorsionadas por la policía capitalina. El relato de esta clausura fue ampliamente documentado por la psicóloga y terapeuta Elvira Reyes Parra —y ex trabajadora del CAIS— en su libro Gritos en el silencio: niñas y mujeres frente a redes de prostitución. Un revés para los derechos humanos, publicado por Miguel Ángel Porrúa y, ojo, la Cámara de Diputados en 2007.

Álvarez Icaza, que nunca ha querido dialogar con sus críticos, no es el ombudsman que necesita el país. No defiende los derechos humanos, hace política: simulación.


Bartra y el diálogo

La explicación obvia a la estentórea interrupción de una conferencia es la intolerancia de quien se atreve a hacerlo y su voluntad de sabotear el diálogo o, peor, la de acallar al contrario. Tanto peor cuando ahora la circulación de ideas se ha acrecentado con la proliferación de foros electrónicos y virtuales en los cuales prácticamente todos pueden expresarse sin cortapisas. Aunque no siempre fue así. Durante el estalinismo —que aún pervive en Cuba y Norcorea— los disidentes eran señalados como traidores y cómplices del imperialismo o del fascismo —que a su vez hacían lo mismo con sus propios detractores. No había lugar para el debate ni para la reflexión, pero sí para el estigma, el encierro, el destierro o el paredón. Cuando López Obrador se dijo víctima de un fraude sus seguidores acusaron hasta de fascistas a quienes descreían del naciente mito. No había mesa redonda o presentación de libro en la que no se agazaparan para reventarlas sorpresivamente si se cuestionaba al gran perdedor de las elecciones.

Eso pasó hace unos días en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara durante la conferencia de Roger Bartra “La sombra del futuro”, que tuvo por corolario un infortunado alarido a favor del “presidente legítimo”. Además, antes de terminar su lectura Bartra fue increpado por alguien indignado hasta el infarto cuando el antropólogo recordó la evolución del sandinismo triunfante al autoritarismo y la corrupción. No importó que la exposición del autor de La jaula de la melancolía fuera equidistante de las viejas ideologías partidistas: lo mismo de la arcaica tradición nacionalista del PRI que del populismo y el conservadurismo de las izquierdas perredista y obradorista, así como de la escasa imaginación e inteligencia de la derecha en el poder.

“La derecha”, dijo Bartra, “con frecuencia establece una relación causal entre la erosión de valores éticos y la disolución del carácter nacional, ya que supuestamente la moral católica está profundamente enraizada en una identidad mexicana esencial”. “La izquierda, por el contrario”, leyó el académico, “cree que el país vive una terrible decadencia ocasionada por el grupo en el poder, constituido por un pequeño conjunto de políticos corruptos y de pseudoempresarios que no son más que traficantes de influencias”. “En el PRI”, continuó, “tratan de presentarse en la sociedad como si siempre hubiesen defendido la democracia y, libres de corrupción, hubiesen llegado para salvar a México de los conservadores y los populistas que han sumergido al país en un caos”, sin faltar esa “runfla de partidos parasitarios cuyo oportunismo sólo es superado por su incoherencia y su corrupción”.

Quienes lo increparon acataron con religiosa fidelidad los designios de una izquierda rezagada y virginal que se prohíbe discutir ideas diferentes producto de pacientes análisis. “¿Hay una alternativa de izquierda que no sea una derivación populista del viejo nacionalismo revolucionario?” Bartra plantea y responde a esa pregunta: “Hay algunos destellos esperanzadores de una opción socialista democrática moderna; una izquierda cosmopolita que retoma con fuerza el tema de la igualdad para inscribirlo en un contexto global, no nacional, como una propuesta concreta de limitar políticamente los daños que provocan los flujos mundiales de capital”. ¿De verdad fueron estas ideas las que provocaron tanta irritación, o esos “militantes” iban ya firmemente decididos a hacer el peor de los ridículos?


Michael Jackson y la niña

En Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX (1989) Greil Marcus habla de lo que podemos llamar el espectáculo total en la sociedad contemporánea: la televisión, los lanzamientos espaciales, las campañas políticas, los malls, las hazañas deportivas, los noticiarios, las guerras, las giras artísticas, el arte, los telepredicadores, los cataclismos. Ya Guy Debord había advertido contra el carácter “monstruoso” del espectáculo, una “película de horror”, un “Godzilla de la alienación” en La sociedad del espectáculo (1967), pero, escribe Marcus —en 1989—, a veinte años de su publicación las premisas del situacionista “suenan tan familiares como extrañas, sencillas y paranoicas, obvias y ocultas”.

Cuando en 1984 Michael Jackson lanzó Thriller no solamente vendió millones de discos, videos y parafernalia, creó también un completo sistema de mercantilización como nunca antes en la historia del pop. Quienes desearan asistir a los conciertos de la gira “Victory” deberían comprar por correo no menos de cuatro entradas, a 30 dólares cada una, sin que tuvieran la seguridad de que las recibirían pues se escogía a los clientes según su código postal. A los que no alcanzaran boletos se les reembolsaría el dinero, pero, dice Marcus, “mientras ese momento llegaba todos aquellos fondos serían retenidos e invertidos en pagarés a tres meses y los intereses acumulados serían para los Jacksons”. Jackson se convirtió en el entertainer más famoso del mundo y en el centro de la vida cultural estadounidense, adorado por Pepsi y por Reagan. No había parangón con ningún otro artista negro del pasado o del presente.

A diferencia de otros fenómenos del pop que perturbaron a la sociedad, como Elvis Presley, los Beatles o los Sex Pistols, que ensancharon los márgenes de la vida social, Michael Jackson anunció como su mayor logro el premio del Libro Guinness de los Récords porque Thriller había colocado siete sencillos entre los más vendidos que ningún otro LP; no el de haber inventado una nueva manera de bailar o, como se dice en esos casos, haber demostrado que la música es un lenguaje universal. Pero la gira no tuvo el éxito esperado y el show fue un tanto “apagado desde la primera noche”, recuerda Marcus. Cuando finalizó meses después en Los Ángeles algunos conciertos se habían cancelado por falta de público. ¿Qué había pasado? Una chica negra de once años de Lewisville, Texas, había enviado al diario local una carta abierta dirigida al Rey del Pop quejándose del sistema de ventas de boletos. La carta se reprodujo en todo el país y Jackson se vio obligado a fustigar su propio plan mercadotécnico. Le envió entradas gratis a la niña, pero fue demasiado tarde.

Jackson superaría ese escollo y vendería millones de discos más. Pronto se volvería una especie de mutante y sus demonios amenazarían el país de fantasía en que se había encerrado. Nada de esto se menciona en el reciente documental This is it, un largo videoclip que registra los ensayos para los cincuenta conciertos que ofrecería en Londres y en el que se enseña cómo organizar un espectáculo perfecto y total: la suma de todos los espectáculos. En la película el artista habla con cursilería de amor y de la necesidad de cuidar el planeta —aunque parece más convincente que los mercachifles del Partido Verde—, pero no existe en ella el lado oscuro de Jackson ni la tensión o la neurosis entre ensayos y preparativos. Sólo música, bendiciones, buenas vibras y amor.

domingo, septiembre 13, 2009

La cultura y la pistola


En la foto: Bertolt Brecht

En 1918 el estudiante Bertolt Brecht, de veinte años, escribió la obra teatral Baal como respuesta a El solitario, una obra escrita un año antes por el prolífico escritor, dramaturgo y poeta alemán Hanns Johst, en la que se contaba la vida del también autor teatral Christian Dietrich Grabbe, cuya breve vida cubrió las primeras tres décadas del siglo XIX y a quien casi cien años más tarde ensalzarían los nazis debido a su estridente antisemitismo. En aquella obra Brecht narraba la vida disipada de un joven vago envuelto siempre en escándalos sexuales y en un asesinato.
La frase “Wenn ich Kultur höre ... entsichere ich meinen Browning!” (¡Cuando oigo hablar de cultura, inmediatamente saco mi Browning!) es falsamente atribuida a Hermann Goering, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels por igual. Yo también creía que la había dicho alguno de esos tres, hasta que mi amigo el filólogo René González me aclaró que pertenece a la obra de teatro Schlageter, de Hanns Johst, precisamente. Albert Leo Schlageter fue un héroe de la I Guerra Mundial considerado un mártir por los nazis, y al que Johst decidió homenajear con esa obra escrita para celebrar el arribo al poder de los nacionalsocialistas en 1933. La pieza se estrenó en el cumpleaños número 44 de Hitler, el 20 de abril. He aquí la escena en la que los jóvenes estudiantes Schlageter y Thiemann discuten mientras estudian para un examen:

SCHLAGETER: ¡Querido y viejo Fritz! (Risas). ¡Ningún paraíso logrará sacarte de tu alambrada de púas!
THIEMANN: ¡Por supuesto que no! ¡El alambre de púas es un alambre de púas! Yo sé contra quién me enfrento. ¡No hay rosas sin espinas! ¡Nunca me dejaré vencer por esas ideas! Conozco toda esa mierda del 18 [se refiere a la revolución de 1918], ¡fraternidad, igualdad, libertad, la belleza y la dignidad! Tienes que usar el anzuelo correcto para atraparlos. Y después, cuando te encuentras discutiendo te dicen: ¡Manos arriba! Estás desarmado..., ¡cerdo republicano! No, deja que mantengan una buena distancia con toda esa ideológica sopa de pescado... ¡Yo disparo con municiones reales! Cuando oigo la palabra cultura... ¡quito el seguro de mi Browning!
SCHLAGETER: ¡Qué cosas dices!
THIEMANN: ¡Da en el blanco!, te lo aseguro.
SCHLAGETER: Tienes un gatillo muy ligero.

¿Cómo pasó esa frase de la obra teatral a la boca de los generales de Hitler? No he podido averiguarlo, pero seguramente seguirá siendo citada como si la hubiera pronunciado cualquiera de ellos. Sin embargo, las atrocidades cometidas por los nazis antes y después de arribar al poder la validan como una práctica recurrente del Tercer Reich. El mismo Johst se unió en 1928 a la Liga Militante por la Cultura Alemana, fundada por Alfred Rosenberg, uno de los intelectuales más influyentes del Partido Nazi y a quien se le considera el forjador de las principales nociones del nazismo: la teoría racial, la persecución de los judíos, el espacio vital (lebensraum), la abrogación del Tratado de Versalles, el repudio al “arte degenerado” y el desarrollo de una nueva “fe nazi”. Por su parte, Johst fue nombrado en 1935 presidente de la Unión de Escritores y de la Academia de Poesía, expulsando inmediatamente al filósofo judío Martín Buber, aunque éste ya había renunciado en 1933 a su cargo de profesor honorario en la Universidad de Francfort en protesta por el ascenso de Hitler.
A la quema de libros siguió más tarde el exterminio de gitanos, judíos, comunistas y otros opositores al régimen nazi.

El monero troskista


En una entrevista con Fernando Rivera Calderón, en W Radio, Rafael Barajas, El Fisgón, mintió al afirmar que “la derecha” insiste en exigirle a la izquierda que se modernice, pues son más los intelectuales provenientes de la misma izquierda los que han planteado la urgencia de que esa opción del espectro ideológico replantee sus principios y abandone el pragmatismo vulgar que la ha marcado desde la derrota de Andrés Manuel López Obrador en julio de 2006. Sólo con criminal sevicia podría El Fisgón identificar con la derecha a Roger Bartra o a Luis González de Alba, y a muchos más aquí y en países como Francia y España. Es el mismo reclamo de Arnaldo Córdova: “¿Por qué todo mundo quiere una izquierda perfecta, que sea inteligente, culta, preparada, decente, de buenas maneras, justa, éticamente buena, coherente en sus ideas y sus planteamientos, pacífica, no rijosa, dispuesta a ponerse siempre de acuerdo con sus oponentes y con olor a santidad?” (La Jornada, 3-II-08). La izquierda [del PRD], dice Córdova, “es corrupta, traidora, incapaz de llegar a acuerdos, violenta, oportunista, carente de valores éticos y buenas propuestas”, aunque, patriarca bonachón al fin, se conforma: “nunca será como yo quisiera que fuera; la izquierda es lo que es y punto” (La Jornada, 26-VIII-07).
La izquierda debe renovarse sencillamente porque es conservadora y porque está lastrada por mitos y tradiciones de raigambre nacionalista-revolucionaria —priista— que ha adoptado como suyos: el mito fundacional de la Revolución y el mito del petróleo de la nación, por ejemplo. La izquierda ha dejado de pensar y se solaza en la mezquina lucha por el poder. Daniel Innerarity escribió, a propósito del fracaso de los socialistas en las recientes elecciones europeas, que “si la izquierda no se renueva en este plano [el papel de las ideas en política] seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en la configuración del mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a agitar o bien el desprecio por los enemigos o bien la buena conciencia sobre la superioridad de los propios valores” (El País, 28-VI-09).
El 4 de julio de 2006 El Fisgón —con su demodé estilo de dibujo— mintió en su cartón de La Jornada en el que un paisano le reclama a Luis Carlos Ugalde que en el conteo rápido faltan tres millones de votos, cuando todos los partidos sabían del archivo de inconsistencias. No obstante, El Fisgón sigue divulgando el mito del fraude en casi cada edición de El Chamuco, como en su historieta “El estado que guarda la nación justo antes de 1810, 1910 y 2010” (no. 180). En ella establece forzadas similitudes entre las vísperas de la guerra de Independencia de 1810, la revolución de 1910 y el 2010, y aventura una nueva revolución de la cual, reza, “Sólo queda esperar que sea pacífica”.
De anacrónica fe troskista —el marxismo es una confesión—, habría que preguntarse si El Fisgón no sudó frío al ver el gran retrato de Stalin en el Zócalo repleto de obradoristas y si no le causa escozor la obvia gestualidad mussoliniana del líder tabasqueño. Defensor de los pobres, a los que traza siempre con gastados estereotipos, El Fisgón no tuvo empacho en cobrar una carretada de billetes a Carlos Slim por la museografía de la colección de Carlos Monsiváis en el Museo del Estanquillo ni en haber sido becario de la imperialista Fundación Guggenheim. ¿Cómo? ¡Si al proletariado se le defiende mejor desde la exquisitez y la holgura burguesas!

La ciencia nazi


En la foto: experimento nazi para tratar de aclarar el cabello de los niños con luz.

El Tercer Reich, que debería haber durado mil años, según Hitler, fue un apretado periodo —1933 a 1945— de terror e irracionalidad. El precio por haber inventado el arrogante mito de la supremacía aria y sus deseos de conquistar el mundo fue una estrepitosa derrota y el suicidio del Führer —enfermo de Parkinson, frustrado y enloquecido por la debacle—, de su mujer Eva Braun y de sus más allegados colaboradores.
La locura también alcanzó a la ciencia y la tecnología. La proximidad de la guerra aceleró la investigación encaminada a construir una bomba atómica antes que los aliados y a desarrollar poderosos aviones, tanques, submarinos y bombas, y es cierto que lograron avances considerables gracias a la enorme ventaja que le habían dado eminentes científicos como Wilhelm Roentgen (Premio Nobel en 1901), David Hilbert (matemático), Max Planck (Premio Nobel en 1918), Fritz Haber (judío, Premio Nobel en 1918), Max Born (judío, Premio Nobel en 1954), Wolfgang Pauli (Premio Nobel en 1945), Werner Heisenberg (Premio Nobel en 1932) y, entre muchos más, nada menos que Albert Einstein (judío, Premio Nobel en 1921). En la Alemania de entreguerras, a pesar del antisemitismo rampante, los judíos eran ciudadanos como cualquier otro y estaban lejos de mostrar el más mínimo indicio de inferioridad: la población judía era de apenas 600 mil personas pero su presencia entre el profesorado era de entre 20 y 25 por ciento en las ramas de ciencia y física. A la llegada de los nazis al poder las universidades fueron purgadas de profesores y científicos judíos o casados con judíos o con algún ascendiente judío, muchos de los cuales lograron huir a Inglaterra y Estados Unidos, donde prosiguieron sus investigaciones. La investigación, sobra decir, quedó en manos de científicos que colaboraron con los nazis.
El físico holandés-estadounidense —y también de origen judío— Samuel Goudsmit (1902-1978), fue el director científico de la Operación Alsos (“arboleda”, en griego), una rama del Proyecto Manhattan que fue creada para investigar el proyecto alemán de energía nuclear y tratar de averiguar hasta dónde llegaban los progresos nazis en la fabricación de una bomba atómica. En su libro Alsos, publicado en 1947, Goudsmit asegura que los alemanes fracasaron porque la ciencia no puede florecer en un Estado totalitario —la Unión Soviética fabricaría su primera bomba en 1949 con tecnología robada a los estadounidenses: dos científicos espiaban en Los Álamos para Stalin— y porque los alemanes no pudieron comprender cabalmente cómo hacer una bomba atómica. A la fecha sus tesis se siguen discutiendo.
En Los científicos de Hitler. Ciencia, guerra y pacto con el diablo (Paidós, 2005), el historiador inglés John Cornwell repasa con mayor amplitud el tema y recoge anécdotas y casos como el de Fritz Haber, que desarrolló armas químicas durante la I Guerra Mundial y a quien Hitler repudiaría después por su origen judío, o el de los físicos Philipp Lenard y Johannes Stark (Premios Nobel en 1905 y 1919, respectivamente), que declararon la guerra a la “física judía” y apoyaron entusiastamente no sólo la expulsión de los judíos, sino experimentos aberrantes en aras de la “higiene racial”. Cornwell cuenta la famosa anécdota de la logia Deutsche Physik (“física alemana”) y su panfleto Cien científicos contra Einstein y la ingeniosa respuesta del autor de la Teoría de la relatividad: “¿Por qué cien?, si hubiera estado equivocado habría bastado uno solo”.

El mito de la raza aria

El antisemitismo —entre otras razones— en la Europa del siglo XIX llevó a algunos pensadores a buscar en otra parte que no fuera el Edén bíblico el origen de la humanidad. Voltaire creía que “todo nos había llegado de orillas del Ganges”, dice Joscelyn Godwin en El mito polar (Girona: Atalanta, 2009). Kant simpatizaba con esta idea pero ubicó en las alturas del Tíbet la cuna del género humano, lo mismo que Herder. Buffon también rechazaba la autoridad bíblica, pero no acertaba a proponer el lugar de origen del hombre. Esta “indiofilia” o nostalgia por el Este inspiró ciertos trabajos de Nietszche —admirador de la Persia del Zend-Avesta—, Schopenhauer y Wagner. De esta manera los románticos alemanes trataban de romper los “grilletes judeocristianos”, lo que también los hizo revalorar a las primitivas tribus teutónicas y a sus descendientes, los godos, causantes en buena medida de la caída del Imperio romano.
Pero, ¿de dónde habían venido esas tribus? Las investigaciones asiáticas de la British School of Calcutta ofrecían un mundo muy atractivo y, para muchos, superior en términos morales y filosóficos al bíblico. Los alemanes vieron ahí la oportunidad de vincular sus orígenes a la India y romper los lazos con los mitos semíticos y mediterráneos. La filología y la lingüística enseñaban que las lenguas europeas tenían un origen común en un antiguo idioma del norte de la India, el sánscrito —en realidad, el indoeuropeo—, y que el hebreo, por tanto, no era la lengua madre. En Sobre la lengua y la sabiduría de los indios Friedrich von Schlegel reflexionaba en torno a cómo pudo llegar la influencia india a Escandinavia y dar forma a sus lenguas; apuntaba que los antiguos indios veneraban el Norte y la montaña maravillosa de Meru, localizada en el Polo Norte. Schlegel concluía que los indios y los nórdicos eran parte de una sola raza y así, en 1819, los bautizó con el nombre de arios —como Herodoto llamaba a los antiguos persas: arioi—, y no sólo eso, sino que relacionó etimológicamente ese vocablo con la palabra alemana Ehre, que significa “honor”. De este modo, los alemanes y sus ancestros, los indios, escribe Godwin, “resultaron el pueblo del honor por excelencia, la aristocracia de la raza humana”.
Este tipo de estudios continuó con autores alemanes que ensalzaban los orígenes indogermánicos y colocaban a Zoroastro por encima de Moisés. Uno de ellos, Christian Lassen, comparó a los “honrosos indoeuropeos germánicos” con los “egoístas y afilosóficos semitas”, mezclando en su libro Antiguas enseñanzas de la India (1847) los explosivos ingredientes del mito de la superioridad racial: la raza blanca es más fuerte y biológicamente superior. Posteriormente, entre 1850 y 1860, el filólogo Max Müller propuso el uso general del término ario en vez de indogermánico para incluir a británicos, franceses y otros pueblos europeos. La tajante división entre ario y semítico pasó a formar parte del bagaje intelectual de la Europa decimonónica.
Por ese entonces la teoría de la evolución de Darwin ya era popular entre la intelectualidad, y una parte de ella adaptó de manera mecánica y oportunista a los postulados racistas las nociones de la lucha por la existencia y la supervivencia del más apto. En su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, de 1855, Gobineau lamenta que debido al mestizaje la raza blanca había perdido su pureza. En la segunda década del siguiente siglo los nazis creían que la hora de la purificación estaba ya muy cerca.

domingo, agosto 23, 2009

Peter Hook en Guadalajara




Eugenio Arriaga organizó una comida para Peter Hook y tuvo la amabilidad de invitarnos. Un tipo sencillo y buen platicador. Me preguntó si conocía buena música típica colombiana —cumbias y eso— porque va a Bogotá, y le recomendé al salvajón Alfredo Gutiérrez y los Corraleros del Majaguar y, desde luego, a Joe Arroyo —le hice una lista porque no se iba a acordar. También irá a Buenos Aires, y le dije que allá buscara cumbias villeras. En fin, cada quien sus gustos.
Le di un par de Replicantes y me pidió que las firmara, después de haberme firmado el Technique para Wences. (Aquí está la prueba, Wences, ya pronto te daré el disco...) Y se llevó las Replis, no las dejó por ahí abandonadas como hizo el mamón de Volpi cuando le di una... (Las fotos son de Martín Mora)

Roberto Vallarino


Morir a los 47 años es despedirse demasiado rápido de este mundo. Roberto Vallarino tenía esa edad cuando partió, aunque ya era dueño de una copiosa y variopinta obra que abarca periodismo cultural, ensayo literario, novela, narrativa, poesía e incluso literatura infantil —y que hoy, nadie lo dude, sería tan avasallante como necesaria. En su compilación de ensayos Textos paralelos, a propósito de El tañido de una flauta de Sergio Pitol, escribió que “una de las finalidades de la novela contemporánea es dotar al mundo real de significados inéditos y proposiciones diversas a través de los elementos del mundo ideal, imaginario, voltímetro y potencia de todo artista verdadero” (México: UNAM, 1982). A pesar de su espíritu beligerante, este sonorense nacido en 1955 era uno de esos artistas verdaderos y muy temprano ofreció muestras de talento y sensibilidad. Tenía veinte años cuando un jurado integrado por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Luis Martínez, Juan José Arreola y Héctor Azar celebró y premió su obra poética, a la que consideró “una de las más novedosas de habla hispana”.
Fue fundador de Cuadernos de Literatura, editor, corresponsal para el unomásuno de la guerra entre Irak e Irán en 1984 y autor de una memorable entrevista a Octavio Paz en la que el Nobel mexicano habló hasta de rock, ese “gran acto de comunión” (véase su libro póstumo Sendas de tinta, colección Periodismo cultural, Conaculta, 2006).
La noche en que lo velaron, cuenta su amigo Cosme Álvarez en su bitácora electrónica, coincidieron poetas y artistas, entre ellos un estruendoso José de la Colina, que contaba con aspavientos algunas anécdotas del escritor fallecido, y un ensombrecido Juan García Ponce en silla de ruedas que no apartaba su triste mirada del féretro donde yacía su protegé (cosmeal.blogspot.com), que gustoso se habría levantado a brindar con ellos por su viaje al más allá.
Su esposa, Adriana Moncada, recuerda que a Paz “nunca le pareció que Roberto ejerciera una crítica irónica y mordaz”, y que “le sugería no escribir mal sobre nadie ni nada” (Milenio, 19-IV-08), pero ése fue un consejo que Vallarino casi nunca siguió. Incendiario, provocador, Roberto Vallarino reivindicaba el derecho a defender con los puños sus ideas ante las no pocas mentes obtusas que medraban en el ámbito de la cultura mexicana. Una vez llegó a la casa de García Ponce, ahí estaba un joven aprendiz de editor y teórico marxista —hijo de un académico de renombre— que se había atrevido a proferir alguna habladuría sobre él. Vallarino saltó por encima del sofá persiguiendo al aterrorizado insolente, a quien finalmente le asestó un par de madrazos para enseñarlo a decir las cosas de frente. García Ponce, divertido, le perdonó el quijotesco lance.
Nos vimos pocas veces. Roqueros al fin, invité a Vallarino a la discoteca El Nueve —of all places—, donde, encaramado en un alto escalón, prodigaba copas a sus amigos y se balanceaba al ritmo del new wave de los ochenta. Por esos días regenteó durante unos meses El Club del Algodón, como él rebautizó a la conocida tienda de discos Hip Setenta, al sur de la Ciudad de México, donde brindamos con recelo respetuoso.
Minado por la diabetes, Roberto Vallarino murió en 2002. Su poema “Otra premonición” podría ser muy bien el corolario de su breve e intensa vida: “Y sé que cuando muera/ muchas voces dirán/ el exceso terminó con su vida,/ con sus sueños./ No saben que el exceso/ alimentó esta vida/ y estos sueños”.

Bonet, el ángel terrible


"El sabueso, retrato de Bonet", Ramon Sanmiquel

En otra época pudo haber sido cómplice de los surrealistas o de Guy Debord y el situacionismo. Seguidor de Hakim Bey y sus zonas temporalmente autónomas —espacios que eluden las estructuras formales de control—, puedo imaginarme a Rubén Bonet en derivas enloquecidas —Debord dixit— al lado de Sid Vicious o viajando a Las Vegas en el convertible de Hunter Thompson. Nieto de un anarquista, Bonet pasó la niñez y la juventud sin apreturas en Barcelona, cultivándose con la lectura de Kafka, Boris Vian, Borges y hasta Sartre y Camus. Sus amigos, mozalbetes mayores que él, lo iniciaron precozmente en el reino de la noche, las mujeres, y las drogas, las que lo volvieron un experto en los estados alterados de la mente. Beneficiario de la movida, Bonet asistía en estado extático a los conciertos de Nico y Nick Cave y las bandas españolas y extranjeras de la new wave. “Buen hashís, buenos ácidos, mescalina... y muy baratos; casi me vuelvo loco”, recuerda este sobreviviente: un amigo y una ex novia murieron en esos días por sobredosis de heroína.
Llegó a la Ciudad de México en 1992 y desde entonces hizo de este país su vasto laboratorio existencial. Ha vivido en Tijuana y en Xico y ha dejado su huella en playas, montañas y desiertos como el de Real de Catorce, donde, en busca de peyote, acabó con los labios suturados por traicioneras púas de otras cactáceas. Ahora escribe y pinta en un amplio cuarto de la colonia Santa María la Ribera.
Quienes han atestiguado los sorpresivos performances de Rubén Bonet no podrán negar que son una mezcla de arrojo suicida, una comicidad extravagante y una provocación que va de lo guarro —quema de vellos púbicos— a lo sublime, en los que no faltan hirientes imprecaciones o súbitas declaraciones de amor. Arrojarse a los pies de una beldad en una inauguración mientras acaricia y besa sus tobillos; hacerse perseguir por la policía y rendirse para reconocer que merece la cárcel o asomarse a la ventana del departamento de un amigo y pedir auxilio porque lo tienen secuestrado ahí. Bonet es lo más parecido que hay a un ángel terrible arrojado al infierno.
Sabe arreglárselas con poco dinero. Disfruta como un gourmet un plato de arroz con un huevo estrellado y es feliz si cuenta con unos pesos para una cerveza. Una vez Bonet recorrió a medianoche el trayecto de su casa a un Oxxo gritando a los cuatro vientos su contento por tener un pequeño capital que le permitiría sobrevivir unas semanas más. Expansivo y vital, sin complejos ni prejuicios, cultiva la amistad y, sobre todo, la lealtad. Y, como escritor y terrorista literario, es de los raros en México que traslada a las letras su agitada experiencia personal cargada de libertad, inesperadas reflexiones y un humor indefinible. Autor de amebas y logaritmos (Tijuana: La Espina Dorsal, 1998), sin título. sin nada (México: Nitro/Press, 2000) y de “pite hasta que choque. ensayo modular # 5” en el volumen colectivo Me ves y sufres (México: Nitro/Press, 2003), Bonet regresa al mundo de las publicaciones con Jaikús maniacos (México: Moho, 2009), una colección de aforismos, ensayos y narraciones de peculiar ortografía que irritarían al más plantado de la adocenada República de las Letras. Para acercarse a la experiencia Bonet puede visitar su atalaya digital: fundacionadopteaunescritor.blogspot.com, aunque, como él mismo dice en su nuevo libro, “cualquiera que me conozca sabe que mi seriedad consiste en que precisamente es imposible tomarme en serio”.

Infamias culturales

¿Lo recuerdan? Sari Bermúdez, presidenta de Conaculta por la gracia de Fox en su sexenio, jugó a las escondidas con miembros del “gabinetazo” en el Museo de los Guerreros de Terracota, en China, y no escatimó gastos en viajes y lujos, con cargo al erario, a pesar de ganar 150 mil pesos mensuales, más prestaciones, bonos y gastos de representación. En la inauguración de la exposición Azteca, en Berlín, exclamó “¡Oh, Strauss!” al escuchar los acordes de “Sobre la olas” y, al comienzo de su gestión, respondió a una pregunta de los reporteros que “apenas iba a la mitad” del famoso minicuento de Monterroso.
La dolce vita que se regalan diputados y políticos también es propia de funcionarios de la cultura oficial y de no pocos de nuestros preclaros artistas e intelectuales. Personajes ejemplares, se pensaría, sus actos los desnudan apenas llegan a la mina de oro que son los cargos públicos de primer nivel —sobre todo en el plano federal.
Entre las acciones que hizo Carlos Salinas de Gortari para legitimarse en el poder y congraciarse con la “comunidad” intelectual y artística estuvo la fundación del Consejo y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, así como del Sistema Nacional de Becas para la Creación Intelectual y Artística. Un jurado integrado por escritores y académicos de las revistas Vuelta y Nexos otorgó las primeras becas a sus discípulos y amigos —la mayoría con holgada situación económica— y poco después se concedieron becas vitalicias a sí mismos. Así, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, José Luis Cuevas y una lista que hasta marzo de 2008 sumaba 58 privilegiados reciben —los vivos, por supuesto— 35 mil pesos al mes solamente por ser quienes son. “La iniquidad fue tal que Carlos Fuentes y García Márquez ‘donaron’ el monto de sus becas vitalicias a la Cátedra Julio Cortázar en Guadalajara [...]”, apunta la reportera Carmen García Bermejo en 25 infamias culturales (Cuadernos de El Financiero, 2008).
Aunque la historia de las incontables trapacerías en el ámbito de la cultura oficial es vieja, al menos veinticinco casos vergonzosos para la cultura mexicana de 1989 a 2008 —de Salinas de Gortari a Calderón— fueron recogidos y documentados por García Bermejo en ese breve pero cargado volumen. Un pequeño libro, de apenas 300 ejemplares y 80 páginas, que amerita ya una reedición y el seguimiento de los delitos, despojos, bribonerías y veleidades registrados ahí, como el secuestro y la muerte de Nellie Campobello, las pugnas entre grupos de intelectuales por los favores del poder, la destrucción del Casino de la Selva, los millones de libros de texto gratuitos embodegados en el sexenio de Ernesto Zedillo, la renta de edificios públicos y monumentos históricos para conciertos y fines de particulares, el remate de Imevisión y otros medios públicos, así como de cines, teatros e invaluables patrimonios artísticos, el fracaso de los programas Hacia un País de Lectores y Enciclomedia, la inutilidad de la “Megabiblioteca” Vasconcelos y, en general, el reprobable desempeño de la mayoría de los funcionarios públicos relacionados con la cultura y sus pobres o nulos resultados.
Si la cultura es necesaria para el desarrollo armonioso de un país, puede afirmarse que los encargados de la política cultural —si tal cosa existe— son también cómplices del atraso mexicano. ¿Llegará el momento en que al escuchar la palabra cultura desenfunden un arma?

domingo, agosto 09, 2009

Replicante no. 20: Teoría y práctica del cómic


Hoy domingo 9 de agosto, Betty Boop cumple 79 años...

En la nueva edición de la revista cultural Replicante —agosto a octubre— se explora el cómic como medio de expresión, forma de arte y literatura gráfica. Diversos autores abordan una de las formas de consumo cultural más populares y polifacéticas: el cómic, disciplina desde la cual puede hablarse de ella misma, como lo demuestra Patricio Betteo en un collage de imágenes que son ensayo y muestra de sus posibilidades narrativas y discursivas.

La sección “Pensamiento y reflexión” ofrece un panorama general del cómic actual, de sus géneros e idiosincrasias, con autores de Uruguay, Estados Unidos, España, Japón, Argentina y Francia, y con textos e historietas de diferentes puntos de México: Guadalajara, Yucatán, el Distrito Federal. En cuanto a las formas, hay cartones y novela gráfica, comix e ilustración: un abanico de posibilidades estéticas y gráficas.

La variedad de aspectos sobre el cómic tratados en este número también es amplia. Mientras que Bef y Matt Madden apuestan por los subgéneros, el humor está representado por cuatro de los más singulares autores mexicanos, alejados del lugar común regional: los contemporáneos Jis y Trino y los viejos maestros Carlos Dzib y Abel Quezada, ya desaparecidos. Por su parte, Eko y Clément/Bachan optan por el erotismo en muy particulares acercamientos, en tanto que el uruguayo Fabián Rodríguez utiliza la simplicidad de una manera diferente a la del estadounidense Keith Knight: aquél enclavado en el cartoon absurdista, éste, en la crónica sencilla y directa.

Mexicanos también, Osko y Ostos Sabugal participan con trabajos de alta densidad gráfica y narrativa. Por su parte, el ilustrador japonés Gez Fry y el mexicano Martín López, autor de bizarras versiones de Los Simpson, son entrevistados a fondo. Argentino avecindado en México, Jorge Alderete “retrata” al padrino del punk gráfico: Gary Panter.

También se consigna en esta edición la elegancia del francés Tardi y el porno soft de los cómics Sensacionales en México, pasando por el sello alternativo de Peter Bagge y el feminismo de Jean-Marc Reiser, la tradición renovadora del punk gráfico en Elvis Road y una crítica a los cartonistas mexicanos en “El cómic intelectual” de Jorge Aviña —ilustrador de El Libro Vaquero—, así como artículos sobre el cómic en España, el cómic en el cine, la evolución del manga y el ánime, la historia de la censura de los cómics estadounidenses y más. Un banquete visual repleto de contenido para legos y especialistas por igual; un repaso de un universo tan amplio como inabarcable, coordinado por Jorge Flores-Oliver, a.k.a Blumpi, dibujante y monero él mismo, con la intención de aglutinar material de calidad, significativo y representativo de su momento histórico. Por si fuera poco, en www.revistareplicante.com se publican más cómics que no se incluyeron en la versión impresa.

Como siempre, en las secciones “Reseñas y noticias” y “Apuntes y crónicas” se da cuenta de las novedades en libros, cine, música, arte, teatro y fotografía, así como de lecturas sobre Galileo y Darwin, la web 2.0, la cartografía cultural de Sergio González Rodríguez, los chistes sobre mexicanos y las pinturas del Taka Fernández, entre muchos contenidos más.

Replicante también tiene un blog: www.revistareplicante.wordpress, en el cual los colaboradores abundan sobre noticias y textos de actualidad.

Índice

Portada Jorge Flores-Oliver y Roger D.
Gráfica Diego Agrimbau, Ata, Arnaud Baumann, Óscar Bazaldúa, Frédéric Boillet, Pedro Luis de la Cueva, Stephen DeStefano, Mariano Enríquez, Juanjo Escofet, Gez Fry, El Garage, Dante Ginevra, Jeff Koons, El Listo, Martín López, Pablo López Luz, Annabel Mehran, Miguelanxo Prado, César Javier Reynada, Emma Ríos, Juan Manuel Rodríguez, Kiko da Silva, Aaron Siskind

Noticias y reseñas
LECTORES QUE ESCRIBEN | LIBROS Y AUTORES La fractura mexicana, de Roger Bartra - Todo nada, de Brenda Lozano - Jaikús maniacos, de Rubén Bonet - Los esclavos, de Alberto Chimal - 41 clósets, de Heriberto Yépez - Mientras menos hagas, de Feli Dávalos - ¿Quién merece vivir?, de Natan Stern Strauch y Cuauhtémoc Vite - La sabiduría sin promesa, de Christopher Domínguez Michael - Los elementos del estilo tipográfico, de Robert Bringhurst - Réquiem, de Lêdo Ivo - Eso no, de Marcelo Birmajer - El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell - Evguénie Sokolov, de Serge Gainsbourg - TIEMPO FUERA Francisco Arvizu Hugues - BUZÓN HACHE Heriberto Yépez | MÚSICA Jacko ha muerto - Two Suns, de Bat for Lashes - El Dorado, de 17 Hippies - Re: Generations, homenaje a Nat King Cole - PROSA SONORA Javier Fernández Aceves - Marry Me y Actor, de St. Vincent - The Song Remains the Same, de Led Zeppelin - CINE Gomorra, de Matteo Garrone - Anvil! The Story of Anvil, de Sacha Gervasi | TEATRO Ivanov, de Anton Chejov - Cenizas escogidas, obras 1986-2009, de Rodrigo García - Edip en Colofón, de Flavio González Mello | ARTE Tania Bruguera y Teresa Margolles en la Bienal de Venecia | FOTOGRAFÍA El impacto de la modernidad, de Jesse Lerner | EL CÓMIC INTELECTUAL Jorge Aviña | ART TOONES Pablo Helguera

Apuntes y crónicas
Galileo y Darwin. 2009: dos lecturas científicas, Jesús A. Castañeda
La web 2.0. Encerrados en una pecera, Rafael Toriz
La cartografía cultural de Sergio González Rodríguez, Alejandro de la Garza
A propósito de Federico Vite, Brenda Ríos
Susana Moo y Jorge Rueda. Erotómanos sin fronteras, Pablo Santiago
También hay chistes sobre mexicanos, Enrique Olmos de Ita
Apuntes orales, Alonso Ruvalcaba
Del Valle del porno a la Fábrica de los sueños, Rodolfo JM
Pinturas de Taka Fernández. Los durmientes y las criaturas del futuro, Rubén Bonet
Miedo y asco en el Rectum, Carlos Velázquez
La sangre hierve a la misma temperatura que el agua, Eusebio Ruvalcaba

Pensamiento y reflexión
¿Qué son los cómics?, Patricio Betteo
Porno y grafía, Héctor Villarreal
Novela negra, Bef
El otro dibujante de Los Simpson, Miriam Canales
Mondo Geek, Blumpi
Según la autopsia, Dzib vive, Celia Pedrero
Paula, Clement y Bachan
Colectivo comiquero El Garage, Alejandra Ruiz Flores
Milagro, Ostos Sabugal
El cómic en España, Pablo Santiago
El espía, Matt Madden
Gary Panter, Jorge Alderete
Cine de historieta, Hugo Hernández Valdivia
La taquería del horror, Ozko
Boedo shinobi y sus criaturas, Mario Sandoval
Qué lindo que es Brad Pitt, Fabián Rodríguez
Crónicas marcianas, Trino
Gez Fry: fragmentos de cómic, Jesús Pacheco
It wore shorts!, Peter Bagge
The K Chronicles, Keith Knight
Mátalas callando, Jis
Malet, Tardi y el nacimiento de un héroe, Héctor Delgado
La virtud no merece placer, Eko
La historieta franco-europea en la gestión del feminismo, Vianett Medina
Horror, terror y censura, Andrés Bacigalupo
Lo nuestro y lo ajeno, Iván de la Torre
La evolución del ánime, Eve Gil y Murasaki Fujita
Elvis Road, de Helge Reumann y Xavier Robel, Mauricio Matamoros
Shephard Fairey, ¿situacionista?, Ask a Chola
El país problema, Abel Quezada

La edición impresa se vende en las tiendas Sanborns, las librerías Gandhi, Fondo de Cultura Económica, Educal Libros y Arte y otros puntos de venta en todo el país. En Tijuana: Librería Sor Juana (www.tijuanalibros.com) y Librerías El Día. En Guadalajara: puesto de periódicos de Av. Américas y Morelos; Librería México y Cafetería El Sorbo (Plaza del Sol); Magazine Depot (Plaza Arboledas); Librería Ítaca (Marsella y López Cotilla).

Contacto: editorial@revistareplicante.com
Números atrasados: lectorio3@gmail.com

jueves, julio 30, 2009

Don Germán


Germán List Arzubide nació en Puebla el 31 de mayo de 1898 y murió poco después de haber cumplido cien años, el 17 de octubre de 1998. En agosto de ese año la Escuela Nacional de Música celebró el II Coloquio Silvestre Revueltas y entre las piezas que se interpretaron del compositor duranguense estaba Troka el poderoso, basada en el volumen de cuentos para niños del mismo nombre de don Germán. Ahí lo vi, en silla de ruedas y la cabeza gacha, acompañado de su hijo Eric List. Me acerqué a saludarlo: “Don Germán, ¿me recuerda? Soy Rogelio Villarreal...” Inmediatamente alzó el brazo y me dijo algo inaudible. Me hubiera gustado verlo con su altura imponente y su vigorosa jovialidad de apenas unos años antes.
Lo conocí en 1982 o 1983 en la oficina de mi padre, quien le publicó reediciones facsimilares de El movimiento estridentista (1927) y Troka el poderoso (1939). Además de haber sido uno de los pilares del estridentismo —ese irreverente e impetuoso movimiento de los años veinte hermanado con el ultraísmo y el futurismo—, List Arzubide combatió en la revolución mexicana, había sido educador, pionero de la radiodifusión cultural y autor de una veintena de libros de historia, ensayo, cuento y teatro guignol —género del que fue fundador en México.
Al presentármelo mi padre me dijo: “Don Germán es un monumento viviente”. Vaya si lo era: nada menos que el último poeta estridentista vivo y héroe de mil batallas políticas y culturales. Don Germán frecuentaba la modesta editorial de mi padre y le gustaba que mis amigos y yo le preguntáramos sobre sus hazañas de juventud, como aquélla de 1929 cuando Augusto César Sandino —de paso en México— le pidió llevar al Congreso Mundial Antimperialista en Francfort una bandera estadounidense que el llamado “General de Hombres Libres” le había arrebatado al ejército invasor en Nicaragua. List Arzubide ocultó la bandera entre sus ropas y así cruzó desde la frontera a Nueva York, a donde llegó en pleno verano. Sudoroso y agitado, tuvo que fingir una gripe endemoniada para justificar los gruesos ropajes. Una vez en Alemania recibió una ovación al mostrar la bandera de los odiados Estados Unidos y mereció el honor de presidir la asamblea al lado de personalidades como Henry Barbusse, Jawaharlal Nehru y la esposa de Sun-Yat Sen.
Don Germán y Felipe Ehrenbergh presentaron el primer número de mi revista La Regla Rota en la primavera de 1984. Con su discurso el entrañable poeta se echó a la bolsa a la concurrencia, jóvenes artistas y escritores que apenas despuntaban. Esa noche fresca habló de las revistas que él mismo había fundado y de los festejados manifiestos del estridentismo, y llamó a los jóvenes a no dejarse adocenar por el poder. Mencionó a un Octavio Paz que defendía con ardor la democracia pero que se mostraba intolerante ante cualquier opinión diferente a la suya.
Un par de veces nos acompañó don Germán a la discoteca El Nueve, una de ellas en el debut del grupo Café de Nadie, bautizado así en honor del solitario café de la avenida Álvaro Obregón en el que se reunían los poetas a fraguar la revolución literaria y artística que confrontaría acremente a los Contemporáneos. Don Germán disfrutaba al verse rodeado de jóvenes e incluso bailó al ritmo del new wave ochentero.
“Hay que tirarse de 40 pisos para reflexionar en el camino”, escribió en uno de sus poemas List Arzubide, quien con sus cómplices había sentenciado a Chopin a la silla eléctrica y lanzaba vivas al mole de guajolote.

Los 66 años de Mick Jagger



Truman Capote detestaba a los Rolling Stones y decía que Mick Jagger era “tan sexy como un sapo orinando”. Sin embargo, en sus Conversaciones le cuenta a Andy Warhol que los Rolling le caían bien “uno por uno” y que Jagger era un actor completo y fascinante, un performer fenomenal que irradiaba energía en el escenario, a pesar de que, enumera, “a) no sabe cantar, b) no sabe bailar y c) no tiene una maldita idea de lo que es la música”. Capote le confiesa a Warhol —quien lo entrevistaba para Rolling Stone sobre la gira American Tour de 1972 del grupo británico a la que los había acompañado— que le irritaba la manera despectiva en que los célebres rockstars y su personal trataban a sus fans, quienes se desvivían por estar en sus conciertos y pasaban la noche en vela mirando la taquilla. En algunos pasajes Capote narra vívidamente el desenfreno sexual y los excesos de la banda con las drogas y los tilda de adolescentes insufribles (algo de eso atestigua Robert Greenfield en Viajando con los Rolling Stones). Después de varias discusiones con Jagger, Capote se negó a escribir el reportaje.
En México los Rolling han sido admirados hasta la idolatría por los escritores de la onda —Parménides, José Agustín, Gustavo Sáinz y compañía— y por las generaciones que los han escuchado desde los años sesenta. Desde entonces Mick Jagger y sus compañeros se han convertido en mitos. Que si Jagger es dueño de un falo que alcanza los 23 centímetros y que, como el llorado Michael Jackson, duerme a veces en una cámara hiperbárica de oxígeno o que se inyecta hormonas de mono para mantenerse jovial —el 26 de julio cumplió 66 años. Apenas hace un año Keith Richards declaró a la prensa que Mick es “un freak poderoso, un maníaco vanidoso, un indeseable...”, pero que es precisamente eso, dice, lo que ha hecho durar cuatro décadas a “la banda más grande del mundo”.
Mick Jagger es una de las poquísimas celebridades que he tenido a un paso de distancia. Las otras son Grace Jones y Arnold Schwarzenegger. En el verano de 1983 los Rolling habían filmado en El Salvador el video de “Undercover of the night” —en el que Jagger aparece caracterizado como un rebelde centroamericano— y Grace Jones rodaba en México, con Schwarzenegger, Conan el bárbaro. Una noche asistí a la Galería de Arte Contemporáneo que dirigía Benjamín Díaz. No recuerdo ya quién era el artista que exponía pero sí que de pronto se armó un revuelo en la sala principal. Los tres famosos habían llegado a esa galería de la colonia Roma. Conan y un amigo se dedicaron a ver los cuadros sin que nadie los importunara mientras Benjamín llamaba a Mick y a Grace para encerrarlos en su oficina y protegerlos del tumulto que se formaba en derredor suyo. Un pequeño grupo pudimos colarnos y estar un buen rato y hasta brindar con ellos. Benjamín, nos contó después, había conocido a Jagger en Nueva York y éste le prometió que lo visitaría algún día en la Ciudad de México, cosa que cumplió. Le dije a Mick Jagger que yo hacía una revista contracultural y que mi amigo Adolfo Patiño, mejor conocido como Adolfotógrafo, le tomaría una fotografía y la publicaríamos en la portada —cosa que hice. Adolfo le dio una regla de madera y le tomó la foto a un tipo sonriente, amigable. Después de tomarla Adolfo le pidió el teléfono a Grace Jones. La grácil pantera, con una sonrisa amorosa, le respondió: “Cero, cero, cero...”.
Ellos se fueron a un fiesta exclusiva, nosotros a un café de chinos.

El nombre de mi padre


El 19 de julio mi padre cumplió siete años de muerto. Escribí esto para Milenio Semanal. En la foto, de Pedro Meyer, mi papá abraza a Narda, en el desaparecido Discobar El Nueve, ca. 1985.

La experiencia de encontrarse frente a una persona que se llama como uno es desconcertante, casi tanto como la de reflejarse en un espejo que nos devuelve una imagen levemente alterada o, más alucinante aún, toparse con un doble. El nombre nos define, de ahí el desconcierto al encontrar nuestro nombre calzado en otro ser. (Borges escribió sobre esto, con portentosa imaginación, en Borges y yo, El otro y en su poema El otro, el mismo.) Hace años, en la Feria del Libro de Guadalajara, me presentaron a un editor que responde al mismo nombre y apellido que yo y a quien le enviaban libros y mensajes que eran para mí; aunque yo también recibía algunos destinados a él, hasta que los remitentes entendieron que se trataba del mismo apelativo desdoblado en dos sujetos.
Hace unas semanas, en Torreón, un diario local dio cuenta del asesinato de un hombre de 46 años por una banda a la que apodan “Los Carniceros” por dedicarse a la matanza de animales. Lo golpearon con tubos y varillas y, después de asestarle varias cuchilladas, murió unas horas después en el hospital. Ese hombre se llamaba Rogelio Villarreal. Sentí un leve escalofrío al leer ese nombre que es el mío.
En esa ciudad, otro Rogelio Villarreal murió a los 69 años en julio de 2002. Aunque mi padre llevaba una vida más o menos plácida en Torreón, en ocasiones se desmandaba y era protagonista de las peores francachelas, como lo atestiguaron escritores laguneros como Daniel Herrera y Jaime Muñoz. Sin embargo, hacía lo que quería: leer casi todo el tiempo, acostado en un sofá y rodeado por cuatro ventiladores que lo mantenían fresco en medio del calor abrasador del desierto. A unos pasos de su casa estaba la cantina La Riviera, en la que acostumbraba despachar asuntos como la publicación de autores de la región. Frecuentaba cocteles y presentaciones de libros y conciertos, gustaba de caminar blandiendo su bastón como si fuera un lord inglés —a veces se vestía todo de blanco, como un terrateniente tropical—, comer opíparamente en alguna fonda barata y después sentarse en las bancas de la plaza de armas a leer el diario y ver pasar la tarde. Por las noches escribía a mano poemas, notas y algo que, decía, sería una novela sobre el 68 mexicano.
Tenía diez mil libros bien clasificados y afirmaba haberlos leído todos. Nunca lo dudé, pues desde chico recuerdo haberlo visto siempre con un libro en las manos y varios más en el buró. A su erudición añadía su sentido del humor. De él heredé la pasión por Groucho y sus hermanos, pero también por el Piporro, cuyos retrúecanos podría haber celebrado aquel cómico del grueso mostacho de pintura.
Me contó Daniel Herrera que una vez fue a visitarlo y, al momento de tocar la puerta, un par de coches se estrellaron en la esquina. Doña Luz, ayudante de mi padre, abrió asustada y fue corriendo a decirle lo que había pasado. Él, recostado como un pachá, respondió sin despegar la mirada del libro en turno: ¿Ah sí?, no me importa...
Mi padre ya no pudo resistir el tercer infarto. Pasó la noche en el hospital sin perder el buen humor. Bromeaba con la enfermera y con doña Luz, fiel como una nana. Escuchen, les decía a las dos mujeres, me están llamando... No, don Rogelio, nadie lo está llamando... Sí, oigan, es del 666, debe ser el diablo, que ya me está esperando... y sonreía ante la congoja de las pobres mujeres.
Esa madrugada de hace siete años murió mi padre, que se llamaba como yo. Me pregunto si una parte de mi nombre murió con él.

domingo, julio 12, 2009

La política de dios


En México difícilmente alguien recordará haber visto alguna vez a un estadista en la presidencia o en los gobiernos de los estados. En cambio, varias generaciones han presenciado los penosos espectáculos que han estelarizado autosuficientes mandatarios priistas y, desde el 2000, dos tipos de cuidado —panistas, para más señas. Escenas y declaraciones que figuran ya en antologías del ridículo: Gustavo Díaz Ordaz: “Todo es posible en la paz”; Luis Echeverría: “La inflación no nos beneficia pero tampoco nos perjudica, sino todo lo contrario”; José López Portillo: “¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!”; Miguel de la Madrid: “Estamos tomando las medidas”; Carlos Salinas: “Compatriotas, México ya es un país del primer mundo”; Ernesto Zedillo: “No traigo cash”; Vicente Fox: “Qué bueno que no sepas leer, así no te enteras de las noticias”; Felipe Calderón: “Haiga sido como haiga sido”.
En ese tono, el presidente Calderón se lamentaba la semana pasada porque los jóvenes “no creen ni siquiera en Dios”, y a propósito de la muerte de Michael Jackson se permitió lanzar una admonición sobre la peligrosidad de las drogas —no del tabaco ni del alcohol, sino de las drogas en general. (Ni una palabra sobre la conveniencia o no de legalizar tan sólo la cannabis, por ejemplo.)
La tentación de regir la vida pública de acuerdo con las propias convicciones morales y religiosas es, al parecer, irresistible, sobre todo en los dos presidentes provenientes de un Partido Acción Nacional ya muy erosionado y distante de los principios democráticos que animaban a sus respetables fundadores Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna.
Por desgracia, no son pocos los políticos que en nombre de dios tratan de orientar su gestión pública, como si vivieran en un Estado teocrático. Funcionarios de todos los partidos, pero principalmente panistas, dan muestras continuas de intolerancia y actitudes fundamentalistas. En Jalisco, por ejemplo, un estado donde el tradicionalismo y la ultraderecha tienen fuertes raíces, un secretario quiso prohibir el uso de la minifalda a las empleadas del Ayuntamiento, y el ex gobernador Francisco Ramírez Acuña, ahora en busca de una diputación, presume aún de la “mano dura” con que trató a los “delincuentes”, esto es, a jóvenes que acudían a “orgías y francachelas” —un rave en donde los asistentes fueron vejados y golpeados conocido hoy como el tlajomulcazo— y a decenas de personas inocentes acusadas de haber participado en actos violentos durante la manifestación del 28 de mayo de 2004 y que fueron detenidas arbitrariamente, torturadas y encarceladas. Sin pudor, declaró que “en Jalisco no hay represión ni tortura” al conocer y tachar de parcial el informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Emilio González Márquez, gobernador de Jalisco, muy cercano al cardenal Sandoval Íñiguez y famoso por la tequilera mentada de madre a sus detractores y por los generosos donativos a Televisa, impugnó ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación la Norma Oficial Mexicana que obliga a los hospitales públicos a ayudar a abortar a una víctima de violación. Solamente un pensamiento torvo, insensible y bárbaro como el de este hombre piadoso puede concebir que a la crueldad de ese acto y el posible embarazo se añada la infamia de tener al hijo de un criminal.
Lo estamos viendo en Irán y lo estamos viviendo en Jalisco: la religión y la política no se llevan. Aunque a veces la política sea una extensión de aquélla.

La prueba del ácido

Alejandro Encinas, ex comunista convertido al credo de Andrés Manuel López Obrador, prometió en diciembre de 2006 escribir un libro que “sería implacable” con los críticos del candidato perdedor aunque, como declaró en esa fecha invernal, “no nos ganaron la elección, nosotros la perdimos” (“Alejandro Encinas: El delfín de AMLO”, Reforma, suplemento Enfoque, 9-III-2008). El best-seller aún no ha visto la luz y, si algún día llegara a ser publicado, difícilmente contendrá algo más que los lugares comunes que repiten desde la derrota los intelectuales embaucados por López Obrador y embelesados con su falsa vocación democrática y progresista. Desde luego, sería interesante leer cómo un hombre de apariencia beatífica que no pierde oportunidad de presumir su integridad y sus principios justifica los cismáticos malabares ejecutados en Iztapalapa hace unas semanas por el caudillo al ungir y destituir, simultáneamente, al ejemplar ciudadano Juanito.
En el movimiento pacífico del gandhi-obradorismo no hay espacio para la disidencia, y el periodista, académico o vecino que no esté con él pasa automáticamente a engrosar las filas del yunquepanismo, de los traidores a la patria y de los cómplices de “la mafia” que, ay, le robó la presidencia. Y eso es motivo suficiente para prodigarles insultos y amenazas. El retropriista vendaval de Tabasco azuza, provoca y sonríe como un padre ejemplar.
El politólogo Arnaldo Córdova, por ejemplo, dejó el estudio y ahora ensalza a López Obrador con retórica digna de la burocracia soviética: “El camino elegido por López Obrador para levantar y sostener este gran movimiento cívico está todo sustentado en la fidelidad a las instituciones y al derecho vigente en este país” (“El voto como la vía para el cambio”, La Jornada, 17-V-2009), al igual que Lorenzo Meyer, historiador y creyente en el dogma del fraude, como lo confesó a Luis Mandoki en su “documental”: “La única fuerza política aún empeñada en la búsqueda de una salida al círculo cerrado en que se encuentra el proceso político mexicano es la encabezada por AMLO. Sin embargo, el gran poder de sus adversarios combinado con la desilusión colectiva con la política [...] hace que la construcción de la alternativa desde la izquierda y desde la base no logre recuperar el terreno perdido en 2006” (“El círculo cerrado”, Reforma, 21-V-2009). La verdad es que ninguna de estas eminencias se ha metido a desmontar el discurso de un político populista que gustoso se tomaría un café con Mussolini y Chávez, y que es uno de los principales culpables del desastre de la izquierda mexicana.
De izquierda se califican versiones históricas tan contrapuestas que la han convertido en un complicado rompecabezas, pues en ese amplio espectro caben democracias como España, Finlandia, Portugal, Brasil y Reino Unido (países gobernados por socialdemócratas) y longevas dictaduras como las de Cuba, China, Vietnam y Corea del Norte. Una izquierda en verdad democrática debe equilibrar la democracia y la libertad con la justicia social y el Estado de bienestar, sin dejar de cuidarse del principal peligro que siempre la ha acechado: el caudillismo demagógico que con el supuesto fin de luchar por reivindicaciones sociales del pueblo —“bueno”, of course— sólo se ocupan de hundirlo más y de su insaciable avidez de poder. La prueba del ácido para distinguirlo es el respeto a la legalidad democrática, algo que a López Obrador y a sus intelectuales les tiene sin cuidado.

El abuelo muere


Necesidad imperiosa, la de contar. Narrar el recorrido por el continuum vida-muerte-vida, la odisea que lleva a la soledad final. Transitar la circularidad de la literatura a lo real y viceversa. Enunciar la angustia, la pasión, la vaciedad.
Como Sándor Márai, el abuelo de Emilia Nassar decide suicidarse, pero lo hará gradualmente. Al tiempo que avanza el inexorable ayuno del gastroenterólogo Emilio Nassar la joven nieta registra en su memoria las conversaciones acompañadas de café con leche, en las que el patriarca socarrón y galante, neurótico de fino humor, lanza denuestos contra el “cine moderno” (“después de 1950 no se ha filmado una sola película que valga la pena”), aconseja y se enfurruña, habla de libros, de medicina y recuerda boleros clásicos —“Obsesión” en la voz de Daniel Santos. Y habla en voz baja de su mujer, la que se fue con otro hombre y a la que echa de menos, pues fue la única mujer en su vida. En cambio, Emilia, a sus veinticinco años, ya ha conocido a cinco hombres —muchachos, algunos de ellos— y aún se pregunta si el amor —es decir, algo más que arrumacos, sexo y tedio— no es una invención. Sin embargo, entre ellos dos hay una comprensión extraordinaria, a pesar de su complejidad y de habitar mundos contrapuestos; una cercanía como pocas veces en la literatura ha existido entre un abuelo y su nieta: entre el Emilio de 72 años y la Emilia de 25 hay vasos comunicantes por los que circulan en doble sentido ideas y costumbres distantes, pero también sentimientos que permanecen inmutables al paso de los siglos. Ésta es la sencilla historia de un anciano que desea partir ya de este mundo y, generoso, le regala los últimos días de su vida a Emilia.
Primera novela de la capitalina Brenda Lozano (1981), Todo nada (Tusquets, 2009) es el entrecruzamiento de la tradición férrea, ordenada, y el vertiginoso marasmo de la vida cotidiana actual, armada limpia y sagazmente con capítulos breves e incluso con frases —o aforismos— que contienen capítulos enteros: “Nadie quiere verse a sí mismo. Por eso, y por fortuna, existe el otro”; “Un hombre inteligente hace reír a los demás. Un sabio se ríe de sí mismo”; “Cuanto más extraño a alguien menos puedo decirlo”; “El abuelo muere. Ésta no es una frase. El abuelo muere”.
De páginas pulcras y bien cuidadas, alejada venturosamente de arrebatos sensibleros y fallidos experimentos de moda, en Todo nada campea una extraña madurez acaso dictada por el aliento del médico moribundo, gran lector de los clásicos —Proust, entre ellos, omnipresente. Memoriosa y aguda, pese a la tragedia que adivina, Emilia Nassar parece seguir la máxima extraída de la carta de fray Servando: “Mi genio es festivo, el asunto trágico-cómico” [Carta 1 de fray Servando Teresa de Mier al doctor Muñoz, sobre la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, 1797]. Es cierto, la lectura de Todo nada dibuja sonrisas al final de pasajes amargos y suscita reflexiones en medio de las anécdotas traídas a cuento por Emilia, como la del niño emberrinchado que exige ser llamado Batman o la del joven que confiesa en una fiesta que de chico ansiaba convertirse en el Mesías de los judíos. Hay ecos del viejo Groucho que se escuchan a lo largo de la novela, ya en voz de Emilia: “Si no le gusta hay otros. Éste es mi abuelo”, ya en la de Emilio: “Las nietas son motivo suficiente para que todo hombre se niegue a procrear”.
Experiencia, sabiduría y madurez en una novela de juventud. Nada mal para ser su primera vez.

Un sabio yucateco


La península yucateca es una región cuya historia es ajena a muchos mexicanos. El antropólogo y estudioso de las artes y de las letras Alfredo Barrera Vázquez —n. 26 de noviembre de 1900— trató de borrar esa distancia. De niño aprendió a hablar el maya y en su juventud se especializó en lingüística y filología. Fue colaborador de Sylvanus G. Morley mientras éste trabajaba en La civilización maya (FCE, 1946) y presidente vitalicio de la Academia de la Lengua Maya, creada por él en 1937. También fundó en 1959 el Instituto Yucateco de Antropología e Historia y la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán en 1970. Tradujo el Libro de los libros de Chilam Balam y el Códice de Calkiní, entre otros documentos históricos, y escribió cientos de estudios y notas de divulgación de la cultura maya y su herencia en la cotidianidad de la península. Sobre su experiencia como traductor escribió: “El estudio de los textos mayas ha tenido que enfrentarse a obstáculos como el de que casi toda palabra tenga varios significados; el de que los diccionarios no traigan todas las formas léxicas que aparecen en los textos... el de que ciertas frases, a la fuerza de rebuscamientos para esconder el pensamiento original al intruso de ocasión, estén asentadas en forma anómala y que desconcierta al lingüista” (Libro de los libros de Chilam Balam). Una de sus últimas contribuciones fue el Diccionario maya-español (Cordemex, 1980).
Alfredo Barrera Vázquez murió en 1980. Para recordarlo Carlos E. Bojórquez Urzaiz ha reeditado el libro que contiene los artículos que Barrera publicó en 1942 en el Diario del Sureste en la columna que llevaba el mismo nombre: ¿Lo ignoraba usted? (Gobierno del Estado de Yucatán - Biblioteca Básica de Yucatán, 2009; puede pedirlo a biblioteca.basica@yucatan.gob.mx); una brevísima enciclopedia que da cuenta de temas étnicos, lingüísticos, de etnobotánica y zoología, además de anécdotas y apuntes de la cultura maya del Yucatán histórico y de su época.
Entre las notas de este ameno volumen se entera uno del verdadero origen de las palabras cacao y chocolate, que no es náhuatl, sino maya, en sus variantes cacan, cucue y quicou; o que huipil no es maya, sino náhuatl: huipilli —en maya es kub. También que hubo focas en las costas yucatecas hasta principios del siglo XX y que fueron exterminadas por pescadores o que los antiguos habitantes de la península construyeron carreteras aunque no conocieron la rueda —y que comían pequeños perros sin pelo.
Los antiguos mayas clasificaban los suelos en veinte variedades de tierras, como el yaxhom, un terreno muy fértil de tierra caliza húmeda plana, con depresiones o zanjas que absorben las aguas, o el petén, terreno de lecho pétreo, costero, fértil, con bosques altos, anota Barrera Vázquez, y también la invención del cero y de la numeración por posición, con la que cualquier cantidad puede representarse con tan sólo tres signos. Además, que el concepto maya de belleza incluía el achatamiento de la cabeza y provocarse estrabismo desde pequeños.
A mediados del siglo XIX el próspero Yucatán producía y exportaba a La Habana, Nueva York, Nueva Orléans y Belice productos como baúles, guitarras, herrajes para carros, machetes, maíz, metates, peines, pulpa de tamarindo, sombreros, tabacos, zapatos y ¡hasta huevos! Un libro delicioso que es apenas una probadita de la vasta sabiduría de Alfredo Barrera Vázquez, cuyas obras mayores deben leerse con detenimiento.

sábado, junio 13, 2009

Comunistas, Salazar Mallén

[Publicados el 31 de mayo y el 7 de junio, respectivamente, en Milenio Semanal]

No fui un militante típico del Partido Comunista. Aborrecía esas fiestas donde se cantaba a Pablo y a Silvio con una devoción mística y me parecía insufrible el éxtasis que provocaba la solemne canción que alguien en mala hora le ofrendó a la “querida presencia” del comandante Che Guevara. Nunca disfruté un solo verso de Mario Benedetti —pero sí los de Efraín Huerta— y las versiones musicales de Nacha Guevara y similares me parecían abominables. Me resistía a ir a las puertas de las fábricas a lanzar arengas risibles a los obreros y apenas logré vender un par de ejemplares del Oposición —semanario en el que publiqué ingenuas proclamas sobre el coraje y la disciplina del hombre nuevo. Sin embargo, en 1976 recorrí decenas de casillas para observar las elecciones en las que contendía Valentín Campa por un partido sin registro contra José López Portillo. Dos años más tarde el PC alcanzó la legalidad y en 1982 volví a ser representante en las elecciones en las que participó el comunista Arnoldo Martínez Verdugo.
En el PC conocí a gente de ética miserable pero también a teóricos de afilado pensamiento crítico, a quienes escuchaba e interrogaba cuando mi joven mente detectaba contradicciones inexplicables: ¿Por qué la invasión soviética a Hungría, a Checoeslovaquia, a Afganistán? Dos viajes a Cuba, en 1981 y en 1984, empezaron a abrirme los ojos: la isla socialista e igualitaria que presumía la propaganda cubana repartida a ritmo de rumba en los festivales del comunismo mexicano no existía, y en su lugar se agazapaba un siniestro Estado militar y policiaco. Todos los artistas y escritores cubanos que conocí entonces ahora viven en el exilio.
A la lectura de Rius, Harnecker y Galeano siguieron otras de veras inquietantes, como los libros de Arthur Koestler y Guillermo Cabrera Infante, La alternativa, de Rudolph Bahro, y las obras de los disidentes del Este europeo. Revaloré a Solyenitzin y releí a Revueltas, y gracias a la revista El Machete, dirigida por Roger Bartra, descubrí a Jorge Semprún y a Fernando Claudín, autor del monumental estudio La crisis del movimiento comunista. Habrían de transcurrir muchos años más para que llegaran a mi librero autores decisivos como Varlam Shalámov (Los relatos de Kolymá) y Martin Amis (Koba el temible). Ya no podía concebir que alguien sincero con ideales de izquierda pudiera seguir creyendo en la utopía roja después de leer El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, obra de un grupo de investigadores franceses coordinados por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique.
A principios de los ochenta los comunistas mexicanos —retratados acerbamente por Rubén Salazar Mallén en Camaradas (1959)— se dividían en dinosaurios y renovadores: los dinos y los renos. A estos últimos pertenecía Roger Bartra, quien con El Machete (1980-1981) logró atraer a una joven izquierda crítica en ciernes harta del autoritarimo y el “centralismo democrático” que regía al leninista PC. Heberto Castillo y otros dinos exigieron la clausura de aquella extraordinaria y lúdica revista cuando el PCM y el PMT se fusionaron en el PSUM.
La izquierda sufrió transformaciones y atravesó los años en medio de crisis y con una escasa presencia en las cámaras y en la vida pública. Hoy me parece absurdo que la llamada izquierda mexicana sea encabezada por un caudillo y políticos de indeleble genética priista que escamotean la discusión y las ideas. Es el regreso de los dinosaurios.


Salazar Mallén

Lo conocí al final de sus días en la oficina de mi padre. Hemipléjico desde la adolescencia, se trasladaba en una silla de ruedas al cuidado de una joven atractiva. Lo saludé sin saber quién era y me dijo que había leído La Regla Rota, una revista contracultural que publicamos Mongo Sánchez Lira y yo de 1984 a 1987. Quizá trataba con mi papá, editor, la publicación de algún libro —ya no lo sabré. Crucé apenas unas palabras con él y le agradecí su elogio del pasquín impreso en papel revolución. Maltrecho, cansado, sonreía como un santo. De haber sabido que moriría en unos meses —en 1986— me habría quedado esa tarde charlando con él. No le pregunté quién le había dado la revista, aunque probablemente fue José Luis Ontiveros, a quien le di un ejemplar una vez que llegó a mi casa acompañando al dibujante Eko.
Rubén Salazar Mallén, nacido en Coatzacoalcos en 1905, fue abogado, periodista y profesor universitario. Asiduo a prostíbulos e imbatible bebedor, escribió una docena de libros. “Si me lo preguntaran”, decía de su obra, “yo diría que las novelas que he publicado pueden clasificarse en dos grupos. En uno de ellos cabrían las obras que se sustentan en la vida privada: Camino de perfección (1937), Soledad (1944) y La iniciación (1966). En el otro grupo habría que incluir las obras cuya base es la vida social: Páramo (1944), Ojo de Agua (1949), Camaradas (1959), ¡Viva México! (1968), La sangre vacía (1982) y El paraíso podrido (1986). Claro que esa clasificación es convencional y relativa, porque en la novela, como en la realidad, la vida privada y la vida social se entrecruzan y hasta se imbrican”. El periodista Jorge Luis Espinosa lo pinta de cuerpo entero en ocasión del casi olvidado centenario de su nacimiento: “Hombre de izquierda como de derecha, comunista y fascista a tiempo y destiempo, amigo de políticos como Miguel Alemán y de radicales como José Revueltas, periodista devastador y atento maestro de los jóvenes, Salazar Mallén vivió y agotó el siglo XX mexicano en casi todas sus aristas” (“Salazar Mallén, escritor corrosivo para el poder”, El Universal, 8 de julio de 2005).
Desterrado de la República de las Letras por un dictatorial Octavio Paz ofendido por la acusación de oportunista, Salazar Mallén sufrió como un apestado agresiones y acusaciones de bienpensantes y advenedizos. Su mal le valió los motes de Quasimodo o la Suástica, pues caminaba arrastrando una pierna y con un brazo tieso como una tabla. Desencantado del comunismo, abrazó el fascismo y más tarde se volvería anarquista. Pero para el exquisito mundo literario seguiría siendo un engendro de la reacción.
En 1932 publicó en la revista Examen, que dirigía Jorge Cuesta, dos capítulos de la novela Cariátide. En ellos Salazar Mallén utilizaba expresiones como “cabrones” y “jijos de la chingada”, lo que escandalizó a periodistas y juristas que lo acusaron de “ultraje a la moral pública o a las buenas costumbres” y exigían su consignación. Pocos escritores lo defendieron, entre ellos Julio Torri, que dijo “que si aparecen algunas palabras malsonantes en un fragmento de novela, se deben al deseo de extremar la nota realista, y no a una deliberada y punible intención de inmoralidad”. Al final, un juez resolvió que “aunque choquen al oído, [esas palabras] no son morales ni inmorales”.
Escritor maldito, que arrojó a las llamas varios de sus manuscritos, dijo una vez: “Hemos venido a cumplir un destino”. El suyo fue el de escribir sobre la miseria humana.

martes, mayo 26, 2009

Dios los hace...

lunes, mayo 25, 2009

Simpatía por el diablo

Publicado en Milenio semanal el domingo 24 de mayo.

El libro de Carlos Ahumada Derecho de réplica podría llevar como subtítulo “De la honestidad valiente a la corrupción cobarde”. La historia del empresario mexicano —sí, mexicano por naturalización— extorsionado por funcionarios perredistas contiene todos los elementos de una tragedia cinematográfica. En clave confesional y que se quiere autocrítica Ahumada exhibe —con redacción chabacana y a menudo sensiblera— su fanfarronería de tintes megalómanos y la torpeza casi suicida que lo llevaron a empantanarse en una red de relaciones perversas de la que saldría muy mal librado: su detención en Cuba y 1,131 días de prisión en México; la traición de sus abogados, de Carlos Salinas y de Diego Fernández de Cevallos; amenazas a su familia, la pérdida de sus empresas y el escarnio mediático (véanse las fotografías donde aparece en calzones tomadas y publicadas por La Jornada y Proceso en el Reclusorio Norte, al mejor estilo del amarillento Alarma!).
Derecho de réplica está conformado por las respuestas a las preguntas de dieciocho periodistas —Ahumada invitó a 39 de ellos, pero solamente ésos accedieron a cuestionarlo. Luis González de Alba lo interroga: “¿Cómo se te ocurrió la buena idea de videograbar y por qué resultó tan mal lo que debió ser una bomba que no dejara ni polvo del Mesías?”
Lo que había empezado como una relación de trabajo entre la constructora de Ahumada —Grupo Quart— y varias delegaciones del Distrito Federal se convirtió en una espesa maraña de contratos y transacciones que comprendían la realización de obra pública, contribuciones al financiamiento de campañas políticas y la entrega de millones de pesos a René Bejarano y Gustavo Ponce —operadores de López Obrador—, quienes le aseguraban que así conseguirían la liberación de pagos por trabajos ya hechos. El entonces jefe de Gobierno del D.F. tenía la vista puesta en la presidencia del país y necesitaba eliminar de la competencia a sus rivales Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que consiguió con métodos antidemocráticos. La relación sentimental de Ahumada con Robles, ex jefa de Gobierno, había provocado el castigo de López Obrador al Grupo Quart, a pesar de que éste había ganado la licitación para construir los segundos pisos del periférico (de los que no se sabrá su costo sino hasta 2016). La voracidad de Bejarano, Ponce e Ímaz parecía no tener límites, por lo que Ahumada decidió grabarlos para poder demostrar apenas una parte de la inexistente honestidad del gobierno obradorista.
Desesperado, Ahumada narra que recurrió a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos para que coordinaran la exhibición de los videos en la televisión. La reacción de López Obrador es demasiado conocida: desdeñó la podredumbre frente a sus narices y se dijo víctima de un complot —sin importarle que esa acción dejara al descubierto su propia descomposición.
Alentado por Salinas, Ahumada trató de refugiarse en La Habana, pero fue apresado y vejado por la dictadura de Fidel Castro. Deportado a México, la terrible venganza de López Obrador cayó con toda su furia: pasó más de tres años en la cárcel, sin un juicio apegado a derecho, con cargos falsos e incomunicado con la prensa —como en un Estado totalitario. Su familia sufriría incluso un atentado.
Hay dieciocho periodistas que podrían confirmar, precisar o refutar la versión de Carlos Ahumada, pero, sin duda, éste aprendió la más ruda lección de su vida. “No soy un santo, pero tampoco soy un diablo”, escribe.


Sin derecho de réplica
Luis González de Alba (Milenio diario, 25 de mayo).

Carlos Ahumada, mexicano por voluntad propia y no por azar de dónde nos parieron nuestras madres a los mexicanos por fatalidad, debió estar a 13 mil kilómetros de México para poder decir lo que no se le permitió durante tres años en la cárcel.

Yo escribí Los días y los años, mi narración del 68 contraria a la versión imperante del gobierno, en la cárcel de Lecumberri, llamada El Palacio Negro; escribí en una máquina de escribir que no fue introducida de forma clandestina, sino llenando una solicitud a la dirección del penal, compré papel en la tienda y contradije punto por punto la historia oficial. El gobierno estaba en manos de los presidentes Díaz Ordaz y Luis Echeverría, los feroces genocidas. Mi libro fue publicado por una editorial mexicana, ERA, y salió a la venta a todas las librerías. Se tardó unos meses en convertirse en best seller porque no hice una historia de los buenos derrotados por los malos, pero la podía haber escrito así. Es decir: no entorpeció el gobierno represivo y cruel de la torva burguesía aliada con el imperialismo ni la escritura, ni la impresión, ni la distribución.

Cuando mi libro apareció, a fines de enero de 1971, yo aún estaba preso en Lecumberri, o sea en las garras de los genocidas… Ningún comando fue por mí en la madrugada, nadie me puso una madriza.

Estuvimos un tiempo similar los presos del 68 y Carlos Ahumada, él un poco más pero, para su desgracia, no lo hicieron preso Díaz Ordaz ni Luis Echeverría, sino López Obrador y Alejandro Encinas. Por eso no le permitieron dar la conferencia de prensa que ahora está en librerías con el título Derecho de réplica. El mismo Alejandro Encinas que todos los domingos entraba a visitar a su amigo Pablo Gómez sin pasar por más molestias que las comunes, no le permitió las comodidades que el gobierno represor nos permitió a nosotros: televisores, radios, máquinas de escribir, libros, guitarras, flautas, partituras. Enviábamos cartas a las asambleas y se leían en altavoces. Teníamos derecho de réplica.

El mismo Alejandro Encinas, que sacaba sin problema documentos escritos, a máquina, en la cárcel por los dirigentes del Partido Comunista —su partido entonces, ahora es el PRID— llevó a un empresario mexicano extorsionado por el gobierno del DF a coserse los labios en protesta por el silencio que se le impuso. No tienes madre, Alejandro, y te pudrirás en el Infierno oyendo los discursos ñoños del Loco López por toda la eternidad para tu tortura.

Nosotros pusimos al DF de cabeza, no ordenamos desde la dirección, pero admitíamos la quema de camiones y trolebuses como males necesarios para contener una arremetida de granaderos. Carlos Ahumada lo que hizo fue cubrir al PRD de millones de pesos para sus campañas, millones nunca declarados por el PRD, calcula que unos 400 millones de pesos.

El gran error de Ahumada fue que esos cientos de millones los dio a la tribu perredista de Rosario Robles, no a la del Loco López, LoLo para abreviar, que fue luego la tribu que le puso una patada a los Cárdenas y a Rosario. ¿Es que no entienden?: LoLo se hizo en el PRI, dirigió el PRI, pidió puestos al PRI y sólo cuando no se los dio, renunció y denunció la corrupción del PRI. Así que sus métodos son los del PRI, pero refinados y bendecidos por asnos de “izquierda” que con ese halo de santidad lo han vuelto invulnerable.

Ese fue el crimen de Carlos Ahumada. Salimos de Lecumberri los presos del 68 y los que quisieron se convirtieron funcionarios, en senadores y diputados, unos de oposición y otros del PRI, pero con iguales salarios que superan el millón anual, más prestaciones, viáticos, pago de banquetes en El Cardenal, masajes y manicure, que superan el millón mensual. Ahumada salió de la mazmorra donde lo tuvo la “izquierda”, sin acceso a todo lo que los genocidas nos permitieron a nosotros, para ver todo su patrimonio perdido: sus empresas rematadas para pagar acreedores y empleados.

Y ahora LoLo va por esos andurriales gritando que Ahumada le da la razón, que sí hubo compló: ¡pero claro, idiota!, por supuesto que te querían acabar, como tú los querías, y los quieres, acabar a ellos. Te hicieron lo que tú les habrías hecho con videos en los que el secretario particular de Fox recibiera maletas de dólares y su secretario de Hacienda jugara millones en Las Vegas. Pero tú lo habrías hecho bien. Estos fallaron el golpe porque, como dijo Rosario, LoLo es un gato con nueve vidas.

www.luisgonzalezdealba.com

Tragicomedia con gripe

Publicado en Milenio semanal el domingo 17 de mayo.

Rosario de tragedias, guerras intestinas, invasiones, golpes y contragolpes de Estado, dictaduras, traiciones, levantamientos, represión y fraudes electorales. Un escenario de atraso, pobreza, explotación, discriminación, ignorancia, fanatismo, crimen y miseria política. Vivos resabios de esa historia desoladora resurgen a cada tanto en este país de embozados: bandidos, luchadores, zapatistas, soldados, gente de la calle.
En 1968 la exigencia estudiantil de modernizar el país fue exterminada con violencia, pero ése fue el comienzo de un largo ciclo que llevó a la apertura de un Estado regido por un solo partido durante siete decenios. El reemplazo del largo dominio autocrático por el panismo fue un fiasco para la mayoría de la población, que vio cómo los nuevos gobernantes adoptaban las antiguas maneras de practicar la política —atavismos y corrupción incluidos. El viejo partido oficial se recupera del desplazamiento y parece estar en forma para librar la próxima batalla en las urnas —a menos que en julio los electores decidan abstenerse o anular su voto para mostrar su aversión a una clase política insensible, cínica y voraz.
En 2006 el país perdió una valiosa oportunidad de seguir creciendo en estatura democrática cuando el candidato perdedor en la batalla por la presidencia acusó al ganador de haber cometido fraude. Millones le creyeron y reactivaron la proverbial desconfianza en autoridades e instituciones.
Ese mismo recelo ha aflorado en el reciente caso de la pandemia de influenza humana, calificado automáticamente de fraude o conspiración por agoreros que lanzan a la Red y a los medios a su alcance argumentos y explicaciones de toda índole, asegurando con suficiencia que se trata de una maniobra distractora para ocultar realidades más siniestras e inocultables —la crisis económica, los crímenes del narcotráfico— y hasta un ensayo de sociedad totalitaria. Para ellos esto es un velo fabricado para que el Estado imponga medidas represoras, como se ilustra en los paranoicos videos La doctrina del shock, de Naomi Klein y Alfonso Cuarón, y 7 días de cuarentena, entre otros retazos que circulan en YouTube y que van de entrevistas de Javier Solórzano con James Petras y arengas de Ofelia Medina a improperios al presidente y al secretario de Salud por su complicidad con una conspiración mundial que incluye a Obama, a Sarkozy, a la OMS y a la galaxia entera —sin faltar los reeditores de la tesis de la sociedad de control de Gilles Deleuze (región 4).
Como en 2006, no valen argumentos ni pruebas en contra. No importa que Marcelo Ebrard secundara aún con más dureza las medidas sanitarias de Calderón ni que Manuel Camacho fuera infectado por el virus o que Carmen Aristegui entrevistara a expertos en epidemiología —Patricia Volkow— o al ex secretario de Salud y ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente, quienes expresaron su respaldo a esas medidas.
Lo que sí existe en este país es un Estado de tradición autoritaria y paternalista, un sistema de salud casi descoyuntado, negligente, plagado de una burocracia soviética que es ya parte de la idiosincrasia nacional, más un estúpido desprecio por la investigación tecnocientífica y una educación que es la vergüenza de medio mundo. ¿Deberían extrañarnos los resultados de esa folclórica y explosiva fórmula?
Decía Schopenhauer que la vida humana oscila entre el dolor y el tedio, pero en la historia mexicana, por lo visto, no ha habido mucho lugar para el aburrimiento.

sábado, mayo 23, 2009

Una más del simulador


"Trascendido" publicado el 21 de mayo en Milenio diario. ¿Lo desmentirá el ombudsbaby?

domingo, mayo 17, 2009

Replicante 19: La palabra y la lengua


Ahora sí, en todo el país.

Se aleja el virus de la influenza pero llega el virus del lenguaje, como decía William Burroughs. La nueva edición de la revista Replicante —no. 19, de mayo a julio— circula a partir de esta semana en todo el país con el tema “La palabra y la lengua”, con ensayos de escritores, académicos y periodistas sobre diversos aspectos del lenguaje en la sección central de “Pensamiento y reflexión”.
El lenguaje es el instrumento del pensamiento, y como tal ha sido el vehículo de grandes ideas y teorías, como la que desarrolló Charles Darwin en El origen de los especies. El biólogo José Javier Coz se pregunta qué términos y expresiones utilizó el revolucionario científico para expresar su teoría. Por su parte, el escritor cubano César Reynel define al lenguaje como un sistema complejo con capacidad de adaptación que, al igual que la evolución biológica, muestra un camino que va desde formas simples a estructuras cada vez más complejas. A su vez, el polémico intelectual estadounidense John Zerzan reflexiona sobre el lenguaje y su esencia: el símbolo; la sustitución, la pálida representación de lo que se presenta directamente ante nosotros, mientras que el sociólogo Héctor Villarreal escribe sobre el sistema de comunicación postindustrial o informático que favorece la pluralidad de relatos: una multitud de visiones pequeñas y fragmentadas de la realidad. Rafael Toriz y Carlos Bortoni, jóvenes escritores, discurren en torno a la megalengua china y el carácter connotativo de su escritura y en la sistematización del lenguaje como el fundamento del control social, respectivamente.

El ensayista Javier Toscano analiza el discurso del Estado mexicano, al que encuentra plagado de eufemismos. El periodista Salvador García desvela el mito de la originalidad en la escritura y remite a la noción de intertextualidad de Bajtín para recordar las relaciones que establece un texto literario no solamente con los discursos que le han precedido, sino también con los posteriores. Sobre el conflicto lingüístico en España —las lenguas y el poder— escriben los académicos españoles Pablo Santiago e Irene Sánchez González, mientras que la lingüista Sandra Strikovsky analiza la corrección política que ha pretendido eliminar el sexismo, el racismo, el clasismo y otros “ismos” del lenguaje; además, estudia el efecto de las palabras prohibidas o tabú en el pensamiento.

Los periodistas Andrés Bacigalupo y Jennifer Chan escriben en torno a la muerte de las lenguas: 53 idiomas extintos desde 1950. La académica venezolana Angelina Jaffé advierte sobre los usos y abusos en los discursos de Hugo Chávez. Por su parte el escritor Naief Yehya estudia el léxico de la opresión generado por el conflicto israelí-palestino y, en temas más amables, el ilustrador Jorge Flores-Oliver explica el lenguaje de los cómics y el crítico Hugo Hernández reflexiona sobre los efectos del sonido en el cine.

En la sección de “Apuntes y crónicas” la joven narradora Fernanda Melchor relata la historia de Evangelina Tejera, la reina del carnaval veracruzano que asesinó a sus hijos, y la periodista Blanca Juárez entrevista a hijos y familiares de prostitutas. Donato M. Plata entrevista a un exitoso productor de cine porno mexicano y Pedro Trujillo explora la biografía del célebre actor porno italiano Rocco Siffredi. Claudia Sandoval opina críticamente sobre la 28 Bienal de São Paulo y Taína Trujillo habla del cine del colombiano Miguel Urrutia. Hay también una historia de espías y guaruras de Vanesa Robles y un alegato contra el antisemitismo en ámbitos académicos por Dale Kaplan. Además, ensayos fotográficos de la tapatía Cecilia Hurtado, de la española Laura Silleras y del argentino Dany Barreto.

En la sección de “Reseñas y noticias” hay notas sobre libros cine, arte, literatura gráfica, música y la radio, sin faltar el cómic intelectual de Jorge Aviña —ilustrador del Libro Vaquero. En esta ocasión, la sección incluye una lista de las 10 peores películas de los últimos diez años del cine nacional según reconocidos críticos y escritores como Jorge Ayala Blanco, Javier Marías, José Felipe Coria y Naief Yehya.

Finalmente, en “El Folletón”, el periodista argentino Guillermo Piro habla de La ninfa inconstante, la novela póstuma del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. Alberto Chimal, Avelina Lésper y Francisco Arvizu, entre varios autores más, escriben de arte, cultura popular y política. Cierran con broche de oro esta edición los enigmáticos monos de Jis.

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RESEÑAS Y NOTICIAS
LIBROS Y AUTORES Los niños de paja, de Bernardo Esquinca – Al final del vacío, de J.M. Servín – El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata – Entrevista con Luis Zapata – La heredera, de Andrea Chapela – Respiración del laberinto, de Mario Santiago Papasquiaro – “Tiempo fuera”, por Francisco Arvizu Hugues – 75 años de Juan Marsé – Espejo de tres cuerpos, de Odette Alonso – La sociedad de la decepción, de Gilles Lipovetsky - Bitchfest. Ten Years of Cultural Criticism from the Pages of Bitch Magazine, de Lisa Jervis y Andi Zeisler; The Sexual Contract, de Carole Pateman; Vetas de Ilustración. Reflexiones sobre feminismo e Islam, de Celia Amorós, y La segunda brecha digital, de Cecilia Castaño – “Buzón Hache”, por Heriberto Yépez – Electricidad, de Ray Robinson, y My Most Secret Desire, de Julie Doucet – La elegancia del erizo, de Muriel Barbery – Sobre Chuck Palahniuk – Diario de un loco, de Lu Hsun – Terrorista, de John Updike * CINE Dentro de la piel, de Jean-Marc Vallée – “El cómic intelectual”, por Jorge Aviña y Héctor Villarreal – Las 10 peores películas de los últimos diez años * MÚSICA Entrevista a Juan Son – Exorcizios sonoros, de Israel Martínez – “Prosa sonora”, de Javier Fernández * LITERATURA GRÁFICA, por Jorge Flores-Oliver * ARTE Cantos cívicos, de Miguel Ventura – Delirios de razón, de David LaChapelle * RADIO La Chora Interminable * REVISTAS La Mosca, a un año de su desaparición

APUNTES Y CRÓNICAS
Relato del Ángel del Asalto y los espías del “Ángel”, Vanesa Robles
Lenguaje visual de altares populares argentinos, Juan Batalla; fotos de Dany Barreto
Los otros. El cine del colombiano Miguel Urrutia, Taína Trujillo
Todos somos freaks, fotos de Laura Silleras, texto de Rubén Bonet
La rubia que todos querían. El caso de Evangelina Tejera, la Medea veracruzana, Fernanda Melchor
Hijo de puta, Blanca Juárez
Cártel Paraíso: pornochín casero/chilango para el mundo, Donato M. Plata
Rocco Siffredi, el vertiginoso instante del coito, Pedro Trujillo
Consideraciones finales sobre la 28 Bienal de São Paulo, Claudia Sandoval Romero
Arrojando luz sobre la difusión de las tinieblas, Dale Kaplan
Fragmentos, Rodrigo Márquez

PENSAMIENTO Y REFLEXIÓN
De Bojador a Buena Esperanza, César Reynel Aguilera
Darwin y el lenguaje, José Javier Coz
El lenguaje brevemente revisitado, John Zerzan
El lenguaje, instrumento para pensar, Raúl Olvera Mijares
Tecnología, comunicación y autonomía de los signos, Héctor Villarreal
Las galaxias ocultas, Rafael Toriz
En nombre del cosmos, Carlos Bortoni
El Estado eufémico, Javier Toscano Guerrero
El mito de la originalidad, Salvador García
Dos visiones sobre el conflicto lingüístico en España. 1. Una oportunidad, más que un problema, Pablo Santiago; 2. Compañera del imperio, Irene Sánchez González
Sobre el lenguaje políticamente correcto, Sandra Strikovsky
La fuerza de lo innombrable: las palabras tabú y su efecto en el pensamiento, Sandra Strikovsky
Desvanecer lo lejano. Ensayo fotográfico sobre la extinción, Cecilia Hurtado
Sobre la muerte de las lenguas. 1. La mujer que se llevó un idioma, Andrés Bacigalupo; 2. Réquiem por el evenki, Jennifer Chan
Usos y abusos del lenguaje chavista, Angelina Jaffé
La resistencia del “che”, Mario Sandoval
Léxico de la opresión, segregación y despojo en el conflicto israelí-palestino, Naief Yehya
Los cómics y el lenguaje, Jorge Flores-Oliver
El sonido —y las palabras— en el cine, Hugo Hernández Valdivia

EL FOLLETÓN
La ninfa inconstante, novela póstuma de Cabrera Infante, Guillermo Piro
Espero que les guste porque esta soy yó!, Alberto Chimal
Entrevista con Josu Landa, Ariel Ruiz Mondragón
El lenguaje de los sueños en el arte, Avelina Lésper
Gramáticas indígenas de los siglos XVI, XVII y XVIII. Entrevista a Salvador Rueda, Dulce María López Vega
Melancolía y lenguaje: desencuentros, coincidencias, Guadalupe Beatriz Aldaco
Prensa, graffiti y lenguaje en el puerto de Veracruz, Fernanda Melchor
La Gran Bestia. Vida de Aleister Crowley, de John Symonds, Jorge Flores-Oliver
24 cuadros de terror, de Christian González, Alberto Acuña Navarijo
Para comprender el país. Gomorra, de Roberto Saviano, Francisco Arvizu Hugues
El amanecer del narco-pop. El Cid, de Colmillo Norteño, Beam
Mátalas callando, Jis

Portada de Orlando López. Gráfica de Lizette Abraham, Mariana Ampudia, Dany Barreto, Margarita Carmona, José Luis Cuevas, Mike Giant, Alex Grey, John Hughes, David LaChapelle, Manuel Manero, Abraham Orozco, Laura Silleras, Bruno Stevens/Médicos sin Fronteras, Miguel Ventura

Replicante se vende en las tiendas Sanborns, las librerías Gandhi, Fondo de Cultura Económica, Educal Libros y Arte y otros puntos de venta en todo el país. En Tijuana: Librería Sor Juana (www.tijuanalibros.com) y Librerías El Día (Tel. 684 0908). En Guadalajara: puesto de periódicos de Av. Américas y Morelos; Librería México (Plaza del Sol); Cafetería El Sorbo (Plaza del Sol); Librería Ítaca (Marsella y López Cotilla).

Sitio web: www.revistareplicante.com
Contacto: editorial@revistareplicante.com
Replicante tiene un blog: www.revistareplicante.wordpress, en el cual los colaboradores abundan sobre noticias y textos de actualidad. Además, en el sitio web de la revista: www.revistareplicante.com, se publican otros textos que no se incluyen en la edición impresa.

martes, mayo 12, 2009

A la hermana república de Yucatán


Hoy por la tarde volaré a Mérida, invitado por la Universidad Modelo a dar un curso de periodismo cultural. Que me prepare psicológicamente, me dicen mis amigos Luis Castrillón y Adrián Curiel, entre otros, porque allá la temperatura no baja de cuarenta grados. Aprovecho para llevar ejemplares de la reciente Replicante, que ya circula en todo el país. Ya les contaré qué tal nos fue.

La doctrina de Klein


"Naomi Klein es la versión políticamente correcta de Salvador Borrego. De los malvados judíos a los malvados neoliberales, sus engendros literarios son equivalentes, intercambiables: inferencias desproporcionadas a partir de premisas arbitrariamente interrelacionadas, entre montones de nombres, cifras y citas. Periodista: a tus zapatos."
—Héctor Villarreal, “De conspirómanos”, revistareplicante.wordpress.com

Su primer libro, No logo. El poder de las marcas (2000), fue traducido a casi treinta idiomas y alcanzó ventas de más de un millón de ejemplares, con lo cual Naomi Klein se convirtió en una “referencia indispensable para quienes quieren informarse de verdad”, como dijo el periodista Antoni Doménech en Barcelona durante la presentación del segundo libro de la periodista canadiense y notoria opositora a la globalización —pero feliz beneficiaria de ella—, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (2007). El corto del mismo nombre —dirigido y producido por Naomi Klein, Alfonso Cuarón y Jonás Cuarón— no ha dejado de verse en la Red a propósito de la pandemia de influenza humana, pues con ese video los seguidores de esa doctrina “demuestran” que las medidas sanitarias del Estado mexicano son una imposición para distraer y asustar a la población.
Klein explica la doctrina del shock como “una estrategia política que la derecha republicana ha estado perfeccionando a lo largo de los últimos 35 años para utilizarla para distintos tipos de shock. Éstos podrían ser guerras, desastres naturales, crisis económicas, cualquier cosa que ponga a la sociedad en un estado de shock para imponer lo que los economistas llaman ‘terapia económica de shock’ —políticas rápidas procorporaciones que no podrían realizarse si la gente no estuviese en un estado de miedo y pánico”, para lo cual magnifica e interpreta a su conveniencia postulados del economista Milton Friedman, como éste: “Sólo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar opciones a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable” (Capitalismo y libertad, 1962).* Aunque Friedman no se refería a recibir los desastres con aplausos, como lo presenta Klein, sino al hecho de que la gente cambia de manera de pensar cuando las viejas formas pierden vigencia.
Milton Friedman fue asesor de Nixon, Thatcher, Reagan y Bush Jr., pero Klein miente al convertirlo en consejero de Pinochet, cuya dictadura el economista consideraba terrible y despreciable. Después de una visita a Chile en 1975 para dar conferencias públicas, invitado por una organización privada, Friedman le escribió una carta a Pinochet en la que sugería un plan para acabar con la hiperinflación y liberalizar el mercado, algo que la junta militar hizo sólo hasta 1979, y dio consejos semejantes a la antigua Unión Soviética y a China. Sin embargo, Klein exagera, descontextualiza y distorsiona para concluir falsamente que la democracia y el capitalismo son excluyentes y que el libre mercado favorece la instauración de dictaduras y regímenes que torturan y asesinan. Miente, por ejemplo, cuando escribe que la masacre de Tiananmen se debió a que el Partido Comunista quería imponer el neoliberalismo, cuando eran los propios estudiantes los que exigían un régimen que se abriera a la democracia y a la libertad.
El historiador sueco Johan Norberg —del Cato Institute— rebate a Naomi Klein precisándole datos y fechas que ella manipula. En su reseña de La doctrina del shock escribe que las crisis no han favorecido el libre mercado ni la disminución del Estado: la I Guerra Mundial propició el arribo del comunismo a Rusia y la depresión económica provocó el surgimiento del nazismo en Alemania, por ejemplo, y concluye: “En ausencia de argumentos serios contra el libre mercado, no quedamos con las razonables críticas de Klein de torturas, dictaduras, corrupción y asistencia social corporativa. En esencia, su libro dice que las ideas de Milton Friedman sobre el gobierno limitado son malas porque los gobiernos son incompetentes, corruptos y crueles. Si hay un desastre aquí, no es culpa de él” (“Defaming Milton Friedman”, Reason, octubre de 2008; www.reason.com/news/show/128903.html). Un ejemplo que también contradice a Naomi Klein son las recientes medidas de Barack Obama para contrarrestar la crisis financiera, que han fortalecido al Estado y devuelto la confianza a la gente.

* Escribe Héctor Villarreal que “Uno de los principales errores de esta histeria —además de las calumnias- es atribuirle tanta importancia a Friedman. No es tan influyente como lo fue Keynes en su época. Si lo fuera hace por lo menos veinte años que se habrían levantado las prohibiciones a producir, distribuir, vender y consumir las drogas que ahora son ilegales; no habría tantos subsidios en Estados Unidos... ni Salinas hubiera creado Solidaridad (que el gobierno regale dinero es lo contrario a Friedman), etcétera. En época de Reagan fue cuando tuvo mayor influencia, pero no tanta como para abatir los valores religiosos conservadores o neoconservadores. Friedman no es ni el uno por ciento para Estados Unidos de lo que Marx y Lenin lo fueron para la Unión Soviética.

domingo, mayo 03, 2009

Gómez Peña y el performance inútil


[Publicado hoy en Milenio Semanal]
Los artistas Guillermo Gómez Peña, mexicano radicado en San Francisco, y Tania Bruguera, cubana residente en Chicago, presentaron simultáneamente el pasado 29 de marzo en la X Bienal de La Habana dos performances con la idea de que el público “transitara entre ambas obras de arte viviente y que incluso participara activamente en ellas” (“Cuando el público determina el destino final de la obra de arte”, carta pública electrónica de Gómez Peña).
Bruguera dispuso para su performance “El susurro de Tatlin no. 6”, en el Centro Cultural Wifredo Lam, un podio con un micrófono y un telón de fondo, invitando al público a pasar y “hablar sin restricciones durante un minuto” flanqueado por dos personajes con uniformes militares, quienes hacían posar sobre el hombro del participante en turno una paloma blanca, “como una reminiscencia del primer discurso de Fidel”, explica Gómez Peña en la carta citada. En tanto, éste desarrollaba su trabajo “Corpo ilícito” (véase www.pochanostra.com) con alegorías al colonialismo y la migración mientras leía un “poema épico en espanglish sobre la cultura de la violencia en Latinoamérica”.
“Ambos proyectos”, escribe Gómez Peña, “se planteaban como laboratorios efímeros para ejercer una suerte de democracia simbólica, imperfecta y radical”. Una declaración que resultaría demagogia pura ante la beligerante respuesta del público cubano. Frente al podio sucedía lo que Gómez Peña califica de “evento insólito”: después de los “testimonios conceptuales y poéticos” de artistas y curadores, de entre el público salieron varias personas “para expresar opiniones críticas en contra del gobierno, la censura y la bienal” —¿acaso esperaba que cantaran como en un karaoke?—. Entre los que usaron el micrófono para hablar de la falta de libertad y democracia en Cuba estuvo la bloguera Yoani Sánchez, quien remató su alocución deseando “que un día la libertad de expresión en Cuba no sea un performance” (véase en YouTube). Sin embargo, nuestro artista aún se pregunta si aquello fue un acto premeditado o “un gesto visceral inspirado por el momento”.
A las preguntas de “periodistas, curadores y artistas” que lo “acosaban” para que definiera su posición sobre la reacción del público cubano Gómez Peña se amparó en la escurridiza declaración del curador español Orlando Britto-Jinorio: “Estoy en contra de la injerencia de los extranjeros en el debate. Estoy a favor de la libertad de los pueblos para decidir su propio futuro; [...], y sobre todo estoy en contra de la injerencia de los estados en otros estados, en contra de los bloqueos inmorales y en contra de la doble moral, muy arraigada en Occidente”. Sólo les faltó que a continuación exaltaran la fiesta de libertad y democracia que se vive en países como China, Irán y Arabia Saudita.
Para Gómez Peña se trató de un “escándalo político” y acusó a los cubanos de haberle “aguado la fiesta”. El mexicano, que se las da de transgresor y transfronterizo, expresa su confianza en que “las llamas del escándalo se extinguirán muy pronto y la distancia nos permitirá recuperar la posibilidad de un análisis más complejo y meticuloso de la obra”.
Vaya, al temible MexTerminator, campechano Guerrero de la Gringostroika y hierático Aztec-HighTech que con sus sobadas transfiguraciones sueña con derrumbar fronteras y prejuicios, le preocupa más la valoración de su obra de arte “viviente” que la suerte de los desesperados cubanos que se atrevieron a exigir libertad en la asfixiante isla de Castro.

lunes, abril 27, 2009

El lenguaje que usted habla


[Publicado en Milenio Semanal el domingo pasado]
Cuando en 1972 Jorge Saldaña fue despedido de Televisa por Emilio Azcárraga Milmo porque su programa Anatomías, antecesor de los actuales talk shows, resultaba muy polémico, fue a pedir trabajo al entonces canal oficial, el 13, donde condujo sus Sábados con Saldaña, con animadas secciones como Los Virtuosos, El Juicio de los Discos, Folclorama y Sopa de Letras. En este último se reunían los escritores Pedro Brull, Francisco Liguori —famoso por sus epigramas en Excélsior—, Felipe San José, Mario Méndez y Arrigo Coen Anitúa, además del caricaturista Rossas, comandados por Saldaña, para elucidar etimologías y significados de palabras y frases del idioma español.
Hijo de italiano y mexicana —su madre fue la cantante de ópera Fanny Anitúa—, Arrigo Coen (Pavía, 10 de mayo de 1913 – Ciudad de México, 13 de enero de 2007) fue un avezado filólogo que hasta unos días antes de infartarse colaboraba para el programa Monitor, de Radio Red, con su sección sabatina “Redención de significados” —que también era el nombre de su columna en el Diario Monitor—, en el cual despejaba las dudas de los radioescuchas relacionadas con el buen o mal uso del lenguaje. Aunque estudió para perito bancario, se especializó de manera autodidacta en lingüística y llegó a ser colaborador de la división latinoamericana de la Enciclopedia Británica.
Coen insistía en la necesidad de hablar y escribir con propiedad y corrección, prefiriendo siempre los vocablos originales a los barbarismos o “voquibles”, palabras mal empleadas o extranjeras que vienen a desplazar a las españolas (stand por pabellón o bufett por comedor o convite, por ejemplo), un vicio muy extendido y que trató en libros como El lenguaje que usted habla (1948), El lenguaje que usted habla en radio, televisión y prensa (1948), Para saber lo que se dice I y II (1987-1992) y ¿Género científico o fictocientífico? (1999). Es autor también de una Enciclopedia de Lemas del idioma español (2001) y de Así habla usted, su última obra, aún inédita.
En el prólogo de El lenguaje que usted habla, una amenísima compilación de artículos de su columna “Vocablos y voquibles” del Excélsior, publicada en 1948, los editores advertían sobre “el servilismo en el empleo innecesario de palabras extranjeras” y los “lamentables síntomas de indiferencia, de abandono lingüístico, en el uso frecuente de vocablos incorrectos o corrompidos”. Esto en 1948, cuando la educación no era la zona de desastre que es hoy y la Lengua Nacional era una materia impartida en las primarias por profesores con vocación y preparación; cuando nadie se imaginaba que en el lejano siglo XXI, más cercano entonces a la ciencia ficción que a esta penosa realidad, la lengua y la educación al parecer no le importarían gran cosa al Estado ni a los maestros.
A la pregunta de una lectora sobre la pobreza del lenguaje de los periodistas Arrigo Coen respondió: “¿No cree usted que es mucho pedir a los redactores de la prensa un lenguaje castizo, cuando muchos escritores de polendas, y aun quienes nos hemos dado a especiales estudios lexicológicos, daríamos de buen grado parte de nuestra vida por no caer en barbarismos, idiotismos, solecismos y cien peligros más que acechan al que escribe? [...] A quienes se puede exigir un poco más en achaques de propiedad léxica, es a los editorialistas y articulistas”. Arrigo Coen pudo ver las vertiginosas transformaciones del español, pero es difícil saber hasta dónde llegarán en unas décadas más.

sábado, abril 25, 2009

De asesinos, cine, mitos, escritores y derechos humanos

Hace tiempo que no posteaba porque se descompuso mi computadora y encima tenía la producción de Replicante 19, dedicada a la lengua y la palabra -sale en los primeros días de mayo.

Aprovecho para colgar los últimos artículos que he publicado en Milenio Semanal.

Los asesinos salvajes


















Nuestras Hijas de Regreso a Casa (www.mujeresdejuarez.org) es un sitio creado por familiares y amigos de jóvenes sacrificadas que advierte que “Los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua, continúan. El clima de violencia e impunidad sigue creciendo sin que hasta el momento se hayan tomado acciones concretas para terminar con este feminicidio”. Por ello será imposible que una sola policía resuelva el intrincado caso de los cientos de crímenes contra jovencitas en un entorno de corrupción, complicidad con mafias criminales, ineptitud, desinterés y omisión de las autoridades y un violento machismo sancionado por la educación familiar. Un escenario que no es exclusivo de esa ciudad fronteriza sino de todo el país y, como anotan las cifras al final de Backyard, el traspatio (Carlos Carrera, 2009), de otras naciones del tercer y hasta del primer mundo. Lo más que podrá hacer la agente encarnada en Ana de la Reguera será ajusticiar a balazos a uno de tantos secuestradores a punto de cometer la enésima agresión a una colegiala a la que ha forzado a subir a su auto. Esquemática y ajustada a las convenciones del drama cinematográfico comercial, esta película se suma a una lista no muy extensa de documentales y obras de ficción basados en esos crímenes, que empezaron a registrarse oficialmente desde 1993, además de informes como el de Amnistía Internacional (11 de agosto de 2003), piezas de teatro, libros de investigación, poemas y hasta canciones como “Juárez”, de Tori Amos, y “Las mujeres de Juárez”, de Los Tigres del Norte.
Cuando en mayo de 2008 se estrenó Bordertown / Ciudad de silencio (Gregory Nava, 2007) Marisela Ortiz y Marilú Andrade, de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, recibieron mensajes como “No se descuiden porke pronto tendran notisias desagradadbles” [sic]. Otros anónimos acusaban a Nuestras Hijas de “sacar provecho del estreno de la película” y amenazaban con “investigarlas” y hasta “encerrarlas en prisión”. La asociación promovió el estreno pues la cinta le daría visibilidad a una situación cada vez más aberrante.
En Huesos en el desierto (Anagrama, 2002) Sergio González Rodríguez describe una trama pesadillesca en la que medran asesinos seriales, pandilleros, dueños de antros, narcotraficantes y policías que actúan al amparo de una “mafia supranacional” que ha pervertido al Estado de derecho en esa y otras ciudades. Por ello no son extrañas las declaraciones de Francisco Barrio, gobernador panista de Chihuahua (1992 a 1998), quien acusaba a las jóvenes de llevar una doble vida, vestir provocativamente y, en suma, de ser culpables de su propia tragedia. Suly Ponce, fiscal para la Investigación de esos homicidios durante los primeros años del gobierno priista de Patricio Martínez (1998 a 2004), incineró evidencias —“ropas y cosas de ésas”—, además de repetir a la prensa que los criminales ya estaban en la cárcel, pero hay quienes la vieron reír a carcajadas mientras presenciaba el levantamiento del cadáver polvoso de una muchacha. El 1º de marzo de 2002 Ponce renunció a la Coordinación de Ministerios Públicos en la Zona Norte de Chihuahua acusada de tener nexos con el narcotráfico.
Hoy, en el Día Internacional de las Mujeres, habrá miles de muecas burlonas de hombres que las desprecian, humillan, maltratan y hasta las asesinan con perfecta impunidad. En medio de la guerra contra el narcotráfico, a muy pocos le importan las víctimas de esa ferocidad inaudita contra jóvenes mujeres.

Notas tristes


Fidel Elizalde, Genaro Chavarría, Antonio Valles, Guadalupe Salazar. Foto: Lauro Jaramillo / Milenio Diario.

Cuando mi padre murió fui a su casa en Torreón y tomé, de entre sus modestas pertenencias, un pequeño búho de yeso, algunos libros gastados y un casete que se llama Música de La Laguna. La canción cardenche, que editó el INAH en 1990. Nunca había escuchado ese antiguo género que aún cantan a capella un puñado de ancianos en los ejidos de La Flor de Jimulco y Sapioriz, cerca de Lerdo. Con la muerte de Antonio Valles, Genaro Chavarría y Guadalupe Salazar —entre unos pocos más— se apagarán también decenas de esas bellísimas melodías de amor a la mujer, a Dios y aun a los fieles difuntos, aunque también las hay pícaras y de doble sentido. “Ahora nos tiran de locos”, dijo don Lupe, “no les gusta oír eso ya, la música que está entrando está quitando todo lo antiguo”. La canción cardenche —nombre tomado de un espinosa cactácea del desierto— consta de tres o cuatro voces cansadas que se distribuyen de acuerdo con la tesitura del cantante: la grave es el fundamental, también conocida como la marrana o el arrastre; la segunda o intermedia es la que lleva la melodía, y a la más aguda se le llama contralta, arrequinte o requinto. Suele haber en medio de algunas de estas piezas largos silencios que acentúan la emotividad.
Cuando volví a casa puse el casete. Apenas unos segundos después esos dulcísimos lamentos bucólicos y esas letras ingenuas, arcaicas, me habían provocado un copioso llanto que duró toda la tarde. No lo he puesto más de tres veces porque en un instante las lágrimas escapan tan abundantes como un sorpresivo chubasco en aquellas áridas tierras.
Hace unos días Luis González de Alba me envió un escueto mensaje que decía: “¿Ya habías visto esta maravilla? No logro dejar de llorar...” A esa frase seguía el link en YouTube que lleva a la hermosa canción “Stand by me” (B.E. King, J. Leiber y M. Stoller, 1961), de la cual las más famosas interpretaciones son las que hicieron Cassius Clay en 1966 y John Lennon casi diez años después, en 1975. Esta nueva versión, que es parte de Playing for Change: Song Around the World (playingforchange.com), “un movimiento multimedia creado para inspirar, conectar y ofrecer paz al mundo por medio de la música”, es cantada y ejecutada por jóvenes y viejos músicos callejeros, desconocidos, vernáculos, clásicos, blueseros, jazzistas y rastas de las más distantes ciudades y pueblos del mundo, filmada y editada de manera que parece que todos ellos la cantan simultáneamente en Santa Mónica, Ámsterdam, Zuni (Nuevo México), Tolosa, Río de Janeiro, Moscú, Nueva Orleáns, Caracas, El Congo, Barcelona, Umlazi, Guguletu y Mamelodi (Sudáfrica) y Pisa.
“¿Por qué lloraste tanto?”, le pregunté a Luis. Me respondió que la canción le gusta y hacía años que no la escuchaba, y que al ver a todos esos músicos tan expresivos y reflexionar sobre la intención y la tecnología que hizo posible ese coro mundial las lágrimas brotaron de manera irresistible.
Las canciones nos hacen sentir alegres, tristes o tranquilos porque las asociamos con recuerdos o experiencias, pero hay piezas musicales que son tristes en sí, como las que están compuestas en tonos menores, las cuales probablemente estimulan o detonan algo en planos subliminales. Puede ser la “Rapsodia de un tema de Paganini” de Rachmaninoff o una simplona balada comercial. “Un amigo mío”, dice Luis, “me dijo que las canciones griegas, aun sin entender la letra, le causan una profunda melancolía”. Me gustaría saber con qué música lloraba mi padre.

El cineasta y el mito



Steven Soderbergh quiso “humanizar” a un semidiós contemporáneo en su película El Ché, lográndolo sólo en parte. En una conferencia de prensa en Nueva York el cineasta confiesa: “Yo desconocía muchos detalles de la revolución cubana, no sabía nada de los demás grupos que peleaban contra el régimen de Batista [...] Me interesó mucho descubrir que [el Ché] era un hombre intransigente, cuadrado, tremendamente rígido y obstinado. Hablando con un doctor que lo conoció, me comentó que había que quererlo mucho para poderlo soportar, era muy estricto con la disciplina, no había situación en la que hiciera a un lado por un momento la ideología, ni siquiera en sus relaciones personales cotidianas. [...] pero en su papel de líder, de comandante, se transformaba en un hombre duro, severo y sin humor [Naief Yehya, “Cuatro horas y media del Ché Guevara”, Terra Magazine, 1-12-08]. Como tantos extranjeros del Primer Mundo que se fascinan con las turbulencias revolucionarias de la América Latina, Soderbergh también peca de ingenuo a pesar de reconocer que “no hay ni siquiera un lugar para mí ni para la gente como yo en la sociedad que el Ché estaba tratando de construir. Yo creo que hubiera odiado ese mundo, pero puedo admirarlo como uno de los líderes políticos más interesantes del siglo pasado. Y creo que sus ideas siguen siendo fascinantes aún hoy”. Ya Pablo Neruda y Julio Cortázar habían confesado que jamás vivirían en ese país al que tan apasionadamente defendían. Es cierto, apenas triunfó la revolución de los barbudos empezaron las detenciones, los fusilamientos y uno de los exilios más tumultuosos de la historia, si se tiene en cuenta el tamaño de la isla. Una isla que, a pesar de la corrupta dictadura de Batista, alcanzaba los más altos índices de alfabetismo, salud y alimentación, era “número uno en América Latina y quinta en el mundo en receptores de televisión per cápita” y además “tenía 58 periódicos de diferentes matices políticos y era la octava nación del mundo en cantidad de radioemisoras” [UN Statistical Yearbook 1957, pp. 600-602; UN Statistical Yearbook 2000, pp. 76-82]. Batista fue derrotado por un régimen aún más feroz que canceló la libertad y destruyó la economía, debido al ineficiente sistema agrario colectivo y a la creciente dependencia de la ex URSS (y no al embargo, como creen quienes van y vienen por Cuba).
¿Cuáles son las ideas que Soderbergh encuentra fascinantes? Lo más probable es que no haya leído El diario del Che en Bolivia (México: Siglo XXI, 1968) ni, por ejemplo, este apunte de sus Notas de Viaje (La Habana, 1962): “Aullando como poseído, asaltaré barricadas o trincheras [...] Teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos [...] ya siento mis narices dilatadas, saboreando el acre olor de pólvora y de sangre, de muerte enemiga”. A sangre fría, el Ché fusiló cristianos y disidentes en la cárcel de La Cabaña en nombre del Hombre Nuevo —el cual, por cierto, se negó a nacer en la Cuba de Castro. El Estado socialista ha sido un fracaso estruendoso por culpa de la ineptitud de funcionarios como el propio Ernesto Guevara, autonombrado ministro de Economía, que en esa ciencia era un completo ignorante [véase Guillermo Cabrera Infante, Mea Cuba, Barcelona: Plaza y Janés, 1992]. Asmático, homofóbico, intolerante, Guevara fue un fiero místico que murió por sus ideales, los que se materializaron en una asfixiante sociedad totalitaria y casi aislada del mundo.

Maradona por Kusturica



¿Por qué no hacer un documental que sea un homenaje a Diego Armando Maradona y de paso uno a mí mismo, a mi obra? Quizá esto pensó el falsamente modesto director Emir Kusturica al concebir la película que “consagraría” al mejor jugador de futbol de todos los tiempos y, además, mostraría al mundo la entrañable amistad que los une. Personaje excesivo y un tanto naïf, que transita de la soberbia a la nobleza y sobrevivió a la cocaína, Maradona cuenta al protagónico Kusturica sus orígenes humildes, su ascenso a la gloria y su descenso a los infiernos, mientras el director intercala los fantásticos goles del Número 10 del Boca Juniors y del Nápoles entre desangeladas animaciones en las que éste se mofa de los capitostes del imperialismo yanqui y británico: Reagan, Bush padre, Margaret Thatcher, Tony Blair, Bush junior. Kusturica también aprovecha su documental para sugerir forzados paralelismos entre su obra y la vida del futbolista convertido en dios pagano en cuyo nombre se ofician matrimonios y misas con rock y chicas en hot pants.
Maradona apunta a Estados Unidos como el casi único causante de los males de Latinoamérica, incluyendo la drogadicción: “Los norteamericanos controlan el tráfico de drogas hacia Estados Unidos”, advierte, exculpando a narcotraficantes bolivianos, colombianos, mexicanos, y descargando así un poco su propia culpa por su devastadora adicción —no delata, por supuesto, al dealer argentino que seguramente le vendió coca por primera vez.
Maradona detesta también a los ingleses por la invasión a las Malvinas en 1982, pero se olvida —al igual que Kusturica— de mencionar a los generales argentinos —Videla, Viola, Galtieri— que provocaron esa guerra para exaltar el patriotismo y elevar los bonos de una dictadura cruel, inepta y gastada, y que sin mayores escrúpulos enviaron a jóvenes soldados a combatir un ejército poderoso y mejor preparado. El olímpico gol que le metió a los ingleses en el Mundial de 1986 en México habría significado la ansiada venganza.
Maradona se curó de su adicción en Cuba y no escatima elogios para Fidel Castro ni para el mitificado Ché Guevara. Una admiración irracional que al parecer también comparte Kusturica —quien, extrañamente, no ha aprendido a hablar español—, a pesar de haber vivido él mismo bajo la dictadura comunista en la antigua y desgajada Yugoslavia, experiencias que ha reflejado y denunciado en películas como Cuando papá sale de viaje y Underground. En una polémica en 1995 con el filósofo francés Alan Finkielkraut, que lo criticó a él y a su película Underground aun sin haberla visto, Kusturica reconoce que vivió “casi toda su vida en un régimen que hizo un arte de la denuncia y la manipulación” (véase la discusión en www.kustu.com/w2/en:polemics). Desconcierta, por ello, la celebración del totalitarismo encarnado en el senil Fidel Castro y la inclusión gozosa de una escena en un atiborrado estadio bonaerense en la que el precoz e histriónico aprendiz de dictador Hugo Chávez despotrica contra la gira en 2007 de Bush Jr. a países de América Latina, invitando a un sonriente y emocionado Maradona a dirigir unas palabras a veinte mil eufóricos partidarios del “socialismo del siglo XXI”.
Maradona por Kusturica actualiza el viejo discurso que a la barbarie guerrera de Thatcher y los Bush opone la falsa dignidad y la ineficacia del socialismo castro-chavista. Un documental al que le sobran muchas de sus partes, menos los prodigiosos goles de Maradona.

Defensa o simulación



La estación Viveros del Metro se llamará desde ahora Viveros / Derechos Humanos, y la flamante sede de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal estará conectada a esa estación por un túnel cuyo costo será de 90 millones de pesos. En ese pasadizo el presidente de la CDHDF, Emilio Álvarez Icaza, fundará el Museo de los Derechos Humanos, seguramente con fotografías y recuerdos de Digna Ochoa y acaso de los nueve jóvenes muertos por la policía capitalina en el operativo criminal de mayo de 2008 en la discoteca New’s Divine.
Se trata de un premio al ombudsman capitalino por haber salvado la carrera política de Marcelo Ebrard cuando presentó el informe que exculpaba a éste de los trágicos y vergonzosos hechos de la discoteca. Atribuyendo “responsabilidad ética” al secretario de Seguridad y al procurador de Justicia le permitió al jefe de Gobierno restituir la moralidad de su autoridad al despedirlos (es decir, al haber “aceptado su renuncia”). El informe de Álvarez Icaza sobre los crímenes y las detenciones arbitrarias en la New’s Divine poco o nada aportó a lo que ya habían difundido los medios, pero en cambio sí lo hizo a sus respectivas aspiraciones: una a la presidencia de la República y otra a la de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
Álvarez Icaza ya conocía las cotidianas violaciones a derechos humanos de Marcelo Ebrard, cuando era secretario de Seguridad Pública, como una política pública instituida por él: de acuerdo con la CDHDF, la SSP ha sido la institución con mayor número de quejas ante ese organismo. La Recomendación 6/2004, por ejemplo, documenta que las redadas que llevaban a cabo los “Grupos Operativos Especiales” cometían todos los abusos que vimos en el New’s Divine cuatro años después. En el caso de esta recomendación, los “operativos” se efectuaron en casas habitación y la Comisión las calificó como “ejercicio indebido del servicio público, lesiones, abuso sexual, allanamiento de morada, robo, amenazas, detención arbitraria y falsa acusación”, de lo que se presentaron 79 quejas por muchas más personas agraviadas. ¿Alguien recuerda la presentación a la prensa de esta Recomendación que Ebrard no aceptó cumplir cabalmente y que aún hoy sigue “sujeta a seguimiento”? Lo que no aceptó Ebrard se refiere a “que la Secretaría de Seguridad Pública se abstenga de implementar las Recomendaciones número 32 y 49 propuestas por el Grupo Giuliani Partners, si no existe soporte legal” (véase www.cdhdf.org.mx), que son exactamente las que dan ocasión a redadas como la del New’s Divine.
Otro caso de negligencia criminal fue el de los linchamientos de policías en Tláhuac en noviembre de 2004, a donde Marcelo Ebrard nunca envió más policías a rescatarlos aduciendo dificultades por “la orografía” de esa delegación. Furioso, Ebrard le dio un puñetazo en el rostro a un albañil que le reclamó que cómo pretendía ser jefe de Gobierno “si como secretario de Seguridad Pública dejó morir a dos personas en Tláhuac” [Raymundo Sánchez, “Puñetazo de Ebrard a joven que le recordó caso Tláhuac”, La Crónica de Hoy, 19-12-2005]. Entonces Ebrard era candidato y no le competía a la CDHDF pronunciarse al respecto, pero no hubo ninguna recomendación al GDF ni a la SSP por la negligencia de Ebrard en esos linchamientos. No hubo mamparas escenográficas con nombres y edades de víctimas ni informes ampulosos ante los medios. Ni el “nunca más”. Eso se llama simulación, no defensa.
vean, a prooósito, este video en YouTube: Protestas contra Álvarez Icaza, Ebrard y Mancera en la ONU (Ginebra, Suiza)

Vasconcelos



En los textos que José Vasconcelos (1882-1959) escribió para la revista Timón —de los cuales varios pueden leerse en la exposición Cantos cívicos, de Miguel Ventura, en el Museo Universitario de Arte y Ciencia— campea el espíritu abiertamente nazi de un intelectual al que se ha glorificado en demasía. Un pensador que se tragó completos los mitos de la Atlántida y de la conspiración mundial de los “judeomasones”, y al que su visceral anticomunismo llevó a prologar el célebre libelo Derrota mundial, de Salvador Borrego, y a cantar la excelencia de Los [apócrifos] protocolos de los sabios de Sión. Vasconcelos, cuyo nombre adorna la biblioteca pública más grande y desairada del país, es también autor del desfasado lema de la Universidad Nacional Autónoma de México: “Por mi raza hablará el espíritu”, el cual compuso al ser nombrado rector de esa casa de estudios en 1920.
Dirigida por Vasconcelos, el “Maestro de la juventud latinoamericana”, de Timón se publicaron en 1940 diecisiete números financiados por el agregado de prensa de la embajada alemana en México, Arthur Dietrich, para divulgar la ideología nacionalsocialista. En sus páginas colaboraron conocidos periodistas de derecha, como Francisco Struck —que escribió en el no. 16 párrafos como éste: “Hitler es la escoba de Dios que está barriendo de la superficie de la Tierra todo lo malo que se había acumulado durante siglos”—, pero también artistas e intelectuales prestigiados como el Dr. Atl y Andrés Henestrosa.
En “formato tabloide, portada a colores, 48 páginas impresas en offset que utilizaban al menos tres familias tipográficas diferentes y ocho planas enteras de publicidad”, cuenta Héctor Orestes Aguilar en “Ese olvidado nazi mexicano de nombre José Vasconcelos” (Istor, no. 30, otoño de 2007), entre artículos de cine hollywoodense y alemán, filatelia, ópera, ciencia y tecnología alemana, fragmentos de novelas clásicas, arte, salud, deportes, consejos familiares y cartones sobre la guerra, en el semanario Timón se publicaban diatribas contra las potencias aliadas y el poderío mundial del dinero judío, así como propaganda nazi salida directamente de la oficina de Goebbels: el avance de Alemania en todos los frentes y la inminente victoria del III Reich. “Tres días después de la entrada de la Wehrmacht en París, el 15 de junio de 1940”, escribe Orestes, “Timón fue confiscada para siempre por la Secretaría de Gobernación”.
El crítico literario Itzhak Bar-Lewaw cree que Vasconcelos estaba seguro del triunfo nazi y que por ello México y América Latina debían estar preparados para secundar con regímenes nacionalistas el nuevo orden mundial, construido sobre las ruinas de las “falsas democracias occidentales” [“La revista Timón y la colaboración nazi de José Vasconcelos”, Actas del IV Congreso Internacional de Hispanistas, vol. 1, 1982]. Vasconcelos aspiraba de nuevo a la presidencia, pues, distanciado del régimen, ya había intentado llegar a ella en 1929 como candidato del Partido Nacional Antirreeleccionista, pero fue derrotado por Pascual Ortiz Rubio, del oficialista Partido Nacional Revolucionario. Vasconcelos denunció un fraude electoral y proclamó el Plan de Guaymas, llamando sin éxito a un levantamiento armado. Fue encarcelado y se proclamó “única autoridad legítima”. Años más tarde serviría al III Reich, el cual, afirmaba Hitler, duraría un milenio, pero fue aplastado tras doce intensos años de odio y violencia. Al parecer, Vasconcelos nunca volvió a hablar de eso.

El escritor sin patria



Panaït Istrati (Braíla, 1884-Bucarest, 1935) fue hijo de una miserable campesina rumana y un contrabandista griego al que no conoció. Romain Rolland se refirió a él como “el Gorki de los Balcanes”. En su libro Con la literatura en el cuerpo Alberto Ruy Sánchez esboza una biografía de Istrati entre otros escritores abrumados por la melancolía, pero también imbuido de un fuerte espíritu revolucionario.
“No se imaginan hasta qué punto fui el verdadero rebelde de mi siglo; el hombre que aun niño adivinaba instintivamente el crimen de la obediencia a la mentalidad tradicional: aquel de la familia, la sociedad y, además, aquel del ideal al rebaño”, escribió Istrati en sus textos autobiográficos. A los doce años huyó de la casa materna: “Me rehusé a ser esclavo de una profesión y practiqué mal una docena”, y sigue narrando: “Después me declaré, un poco a pesar mío, impropio para el servicio militar, y cuando de todas formas fui acuartelado hice todas las locuras, aun contra mi salud, para conseguir que al cabo de un mes fuera eximido de hacerlo. Me escapé de dos guerras, huyendo de mi rebaño nacional, que balaba a coro con sus amos. Rehusé fundar una familia, jamás he querido ser miembro de un partido o de una sociedad o de una organización profesional”.
Istrati deambuló y trabajó casi treinta años por buena parte de Europa, el Medio Oriente y Argelia, instalándose un temporada en Niza, acosado por una insidiosa depresión que lo orilló un par de veces al suicidio. Mientras se debatía entre la vida y la muerte, el director del hospital donde se le cuidaba le envió al influyente novelista Romain Rolland una carta que Istrati le había escrito y que guardaba en su vieja maleta. Impresionado, Rolland promovió la publicación de la primera obra en francés del escritor, Kyra Kyralina, de 1924, a la que pronto siguieron varias más, como Codine, Años oscuros y Mijail, partes todas ellas de La vida de Adrián Zograffi, alter ego del propio Istrati. Rolland escribió en el prólogo de aquella primera novela: “La leí y me sentí conmovido ante la aparición de un genio. Un viento devorador que barría las estepas. El reconocimiento de un nuevo Gorki de los Balcanes. Este genio del relato es tan exigente, que la víspera de su intento de suicidio interrumpió dos veces sus quejas desesperadas para escribir alegres episodios de su vida anterior”.
Su amigo Christian Rakovsky, cercano a Trosky, y con quien había participado en Rumania en luchas sindicales, lo invitó a festejar en Moscú el décimo aniversario de la joven Unión Soviética, la que recorrió entre 1927 y 1928. No tardaría mucho en acabar decepcionado por la atosigante burocracia, los excesos de Stalin y la domesticación de los escritores rusos, lo que denunciaría allí mismo ante el enojo y las amenazas de los funcionarios. Esas experiencias las recogería, con Víctor Serge, en Hacia otra llama, publicada en París en 1929. La elite intelectual francesa, tan sofisticada como izquierdista, recibió con desagrado esta nueva obra, quizá una de las razones por las que, enfermo, decidió volver a Rumania. Paradójicamente, la derecha fascista aclamó a Istrati como héroe nacional, lo que desconcertó enormemente al escritor pues incluso entre los círculos libertarios corrió el rumor de que se había vuelto uno de ellos. En 1933 publicaría una novela más, La casa de Turingia. Calumniado, abatido y con unos pocos amigos, Panaït Istrati murió en Bucarest después de una vida intensa como pocas.

miércoles, marzo 04, 2009

Zona de Obras


El número de invierno 08-09 de esta revista española (www.zonadeobras.com) incluye un apretado dossier dedicado la la cultura en la Ciudad de México, con textos y entrevistas de Mafer Olvera, Joselo, Ernesto Contreras, Manuel Mathar, Guillermo Fadanelli y Ely Guerra. Una selección un tanto desconcertante. También tiene una breve guía de los lugares que hay que visitar y un "Directorio chilango", preparado por Enrique Blanc, en el que caben museos, revistas, autores, películas, antologías, grupos musicales, mercados populares y antros indispensables. La presentación, que reproduzco aquí, es de un servidor.

Retrato de una ciudad

No son pocas las veces que la Ciudad de México ha estado al borde de un colapso catastrófico, como en las espectaculares películas de desastres o ciencia ficción. Nunca se sabrá cuántos miles de personas murieron aplastadas en el terremoto de 1985, ni tampoco cuántas familias quedaron reducidas a carbón por las explosiones de las gaseras del marginal suburbio de San Juanico un año antes. Vigilante impasible, el legendario volcán Popocatépetl (“montaña que humea”) podría hartarse un día y en medio de un furioso estruendo bañar con su lava llameante la urbe inabarcable que se extendió bajo sus faldas como una plaga, como un cáncer. El subsuelo cenagoso podría ceder en cualquier momento y tragarse de un fétido bocado a los veinte millones de mutantes —¿qué otra cosa somos?—, con sus edificios, trenes y autobuses. La que una vez fuera la región más transparente del aire se transformaría en una gigantesca ciénaga desolada, espejo inerte del antiguo mar de Texcoco. El sol asomaría sus tenues rayos a través de la nata espesa que cubriría el lodo y las laderas del otrora majestuoso valle del Anáhuac.
Hace medio milenio la gran Tenochtitlan deslumbró a los conquistadores españoles por su belleza y perfección. Erigida sobre un inmenso lago, la ciudad era limpia y ordenada. Pero la ciudad india debía ser destruida para levantar en su lugar la metrópoli de los nuevos amos. Quinientos años después la tradición y la modernidad se baten fieramente en una ciudad que sueña aún con su glorioso pasado americano y que ha destruido parte de su legado europeo, de la misma manera en que los españoles abatieron códices, dioses y pirámides. El nuevo progreso habla un dialecto del inglés y ha llegado en la forma de una barbarie sofisticada pero inexorable. El futuro es un eterno presente ruinoso y carcomido. Nadie puede saber qué será de la raza de mexicanos que habitan esta urbe malhadada, acaso la más grande del mundo.
El crimen enseñorea las calles mientras los políticos de todos los signos —depredadores a sueldo— entrechocan sus copas en restaurantes de lujo. Niños sin padres se ganan la vida a golpes y viven en cavernas bajo el asfalto. Millones de seres viajan adormecidos de un extremo a otro para laborar como bestias y volver rendidos a sus viviendas. Masas vociferantes exaltan al cacique que amenaza refundar la patria. Otros fantasmas rezan por el regreso del oscurantismo divino. Con todo e Inquisición. La televisión, dragón enloquecido, muestra cuerpos y rostros sonrientes. Los jóvenes se desviven por hacerse ya de fama y fortuna bailando y cantando en la pantalla y, ¿por qué no?, en un fastuoso megaconcierto. Nadie quiere ya ser arquitecto ni médico —menos aún profesor. La biblioteca más grande del país se eleva tristemente para hacer gala de su enorme estupidez. Ahí descansa una pieza del artista mexicano más prominente de los últimos tiempos.
En la Ciudad de México hay lugar también para el glamour. Hay barrios chic y bistros a la francesa, con hoteles de lujo y prestigiados museos y galerías. Los miles de músicos y otros artistas que viven en la ciudad, la mayoría desconocidos, batallan por lograr una poca notoriedad. A otros le sonríe la suerte y alcanzan algo parecido a la gloria. Becas, exposiciones, conciertos, viajes. Catálogos, un buen disco. Para otros, el anonimato cruel. Hay artistas que dialogan con la inteligencia y la sensibilidad —otros lo hacen con el poder. Algunos de ellos conocen la realidad y tratan de explicárnosla. O simplemente de explicársela a sí mismos. En estos tiempos turbulentos y sin brújula, conocer a los artistas que trabajan y perviven en esta urbe descomunal, tan grande como un mar, quizá sea una de las maneras más certeras de empezar a conocerla.

martes, marzo 03, 2009

Gutierre Tibón


[Publicado en Milenio Semanal el 1 de marzo de 2009; foto de Manuel Cascales]

Los tibónidas, descendientes de Yehudá ben Saúl ibn Tibón (ca. 1120-1190), fueron una dinastía de médicos, sabios y traductores que vivieron en Granada hasta el siglo XII, cuando los fanáticos almohades obligaron a los hebreos a refugiarse en Cataluña y Provenza, dando fin así al esplendor de la rica y armoniosa cultura judeoárabe de al-Ándalus. Hijo de Yehudá, Samuel ibn Tibón no solamente tradujo al hebreo la célebre Guía de perplejos, de Maimónides —cuya familia también había sido expulsada de España—, sino que le anexó un diccionario filosófico que ayudaría a su comprensión. Maimónides escribió una carta a Samuel en la que recomendaba la traducción y el estudio de pensadores árabes, griegos y judíos “de importancia” —pues había otros en los que no valía la pena detenerse—, lo que conformaría posteriormente el corpus básico de la educación científica y filosófica de los judíos en Europa occidental.
Descendiente de esa ilustre estirpe, el erudito italiano Gutierre Tibón, nacido en Milán en 1905, habría cumplido 104 años entre el 28 de febrero y el 1 de marzo de este año no bisiesto (en que no hay 29 de febrero, como sí lo hubo el año pasado y lo habrá en 2012). Llegado a México en 1949 —invitado por Isidro Fabela, nuestro delegado en la Liga de las Naciones en Ginebra—, se mudaría pronto de la Ciudad de México a Cuernavaca, donde vivió hasta su muerte en 1998. Una calle de esa ciudad morelense lleva el nombre del inventor de la innovadora máquina de escribir portátil Hermes Baby y autor de una vastísima obra esencial para entender no solamente la historia de su país de adopción, sino cuestiones fundamentales para el desentrañamiento de mitos, leyendas y tradiciones. Entre sus numerosos libros que tratan de lingüística, filología, etnología, religión e identidad cultural se cuentan América, setenta siglos de la historia de un nombre (1945), Historia del nombre y de la fundación de México (1975), La tríade prenatal: cordón, placenta, amnios. Supervivencia de la magia paleolítica (1981), El ombligo como centro cósmico: Una contribución a la historia de las religiones (1981) y, entre muchos más, el Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos (1988).
“Mi obra como escritor, durante casi ocho lustros, no ha sido de imaginación sino de investigación”, decía Tibón de su inapreciable trabajo, y añadía: “No creo haberme salido de mi línea al revelar la verdad sobre las estatuas de la isla de Pascua o sobre las figuraciones plásticas de la pubertad femenil en la América precolombina. Sólo hipócritas o espíritus mezquinos pueden ver en las relaciones mágicas de hombre y naturaleza concepciones cósmicas de hondísimas raíces algo que hay que callar u ocultar”. Un ejemplo mínimo de su agudeza y perspicacia lo ofrece el siguiente párrafo, extraído de sus Divertimientos lingüísticos de Gog y Magog, artículos de reflexiones y curiosidades publicados en el diario Excélsior y recopilados por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en 1946: “El caso de Jerusalem me parece todavía más interesante. Uru (como Ur en Caldea) es ‘ciudad’; y salim (salám en árabe, de donde nuestra zalema) en paz. Urusalim o Ierushaláim es, pues, la Ciudad de la Paz. Pero los griegos vieron en la primera parte del nombre de su idioma Hieros, sagrado (como en hierofante, hieroglífico, etc.) y Jerusalén se volvió para ellos ‘La sagrada Sólima’”. Qué tristeza habría embargado hoy al último de los tibónidas al ver la ciudad de la paz en permanente pie de guerra.

sábado, febrero 28, 2009

La novela de Guadalajara y los 10 libros más malos


Hace unos días, durante la visita de Heriberto Yépez —en la foto— a Guadalajara para impartir un taller de ensayo, fuimos invitados por el variopinto grupo de editores de la desaparecida revista Tedium Vitae a charlar sobre literatura mexicana contemporánea, en la cafetería de la hermosa Casa ITESO Clavigero, obra, ya saben, de Luis Barragán.
La charla discurrió entre preguntas, digresiones, quesos, carnes frías y buen vino tinto. Yépez habló también de la inaudita violencia en Tijuana. En suma, hablamos de la relación entre la literatura y la realidad, de jóvenes y ansiosos escritores y antologías pretenciosas, de revistas y libros. Casi al final de la sesión, René González preguntó por la ausencia de la gran novela de Guadalajara, más para advertir sobre el asunto que para reclamar por ese hueco en la literatura nacional. Quizá porque todos los escritores tapatíos han emigrado históricamente a la Ciudad de México o a otros lados, aventuré como respuesta. Y añadí que quizá algún día Dante Medina o Juan José Doñán se animarían a emprender tal hazaña.
Curiosamente, días después apareció en el diario Público la columna de Antonio Ortuño dedicada al mismo tema. Escribe Ortuño en "Condenados": "Hace unas noches tuve referencia de un asunto tan peregrino que dedicaré este espacio a dar vueltas en torno suyo. El asunto es este: un grupo de lectores, tapatíos tan inexorables que hasta celebran el juego de palabras promocional 'Orgu-Yo-Tapatío', trasmitieron un mensaje categórico a un escritor local. El mensaje, poco más o menos, rezaba lo siguiente: nos has decepcionado, como otros antes que tú, porque no has escrito la gran novela de Guadalajara".
¿A qué reunión se refiere Ortuño? ¿Existió de veras? ¿Quién es ese escritor tapatío que recibió el reclamo? Dudo que se trate de la misma a la que fuimos invitados Yépez y yo, pues nuestros distinguidos anfitriones están muy lejos de la vulgaridad chovinista de declararse orgullosamente tapatíos y, por otra parte, nunca hubo cosa parecida a un mensaje categórico a escritor local alguno.
Es lo malo, y lo molesto, de no llamar a las personas por su nombre. Y esto lo comenté hace meses con el mismo Ortuño cuando vino David Miklos a presentar su novela La hermana falsa. Nadie se aventura, por ejemplo, a publicar quiénes son los escritores mexicanos más malos, aunque los resultados de una miniencuesta privada que hice entre escritores de la Ciudad de México y Guadalajara arrojaran en primer lugar los nombres de Volpi y Villoro. ¿Qué les impide decirlo francamente en críticas y reseñas? ¿Pusilanimidad, compromisos, corrección política? A saber...

Después de un intercambio de mensajes electrónicos entre Heriberto Yépez, Antonio Ortuño y este tecleador, Antonio nos envió esta carta que aclara este asunto. Me permito reproducirla para que no queden dudas.

Señores
Lo primero: una disculpa a Heriberto por haber tomado de su comentario el pie para escribir algo esencialmente distinto a lo que él me refirió.
No conozco, ni Yépez mencionó, a los asistentes de la reunión de marras. La tomé de pretexto, en parte, para un texto que de todos modos iba a escribir. Yépez no transmitió una versión distorsionada: yo la distorsioné para escribir lo que me pegó la gana. Eso sí: lo hice porque el comentario referido por Heriberto coincide en parte con el contenido de ciertos reclamos concretos, dirigidos a mí, tanto por dos mencionados por Rogelio como posibles autores hipotéticos de la "gran novela tapatía" como por otras lumbreras municipales. Genios que ven como una injusticia que Jalisco no sea el "invitado de honor" de la FIL (vaya ridiculez), que creen que hay algo como "lenguaje tapatío" y que toda persona nacida en esta ciudad debe inventarse abuelos alteños o rulfianos, aunque en realidad hayan sido croatas, y escribir en su honor odas a la tostada y el cuerito. Abomino, como nativo de esta ciudad y al respecto de ella, de la literatura de miras municipales (no nos hagamos como que no existe o como que lo que se pide es que se escriba el Ulises de Zapopan) y por ello improvisé la ficción de la reunión.
Rogelio: lo interesante de la "gran novela tapatía" sería que fuera una gran novela y no que fuera tapatía, ¿no? Otra cosa: ya hemos discutido el asunto de poner o no datos y nombres concretos en los textos. No lo hago porque no trato de denunciar a nadie específico, sino de discutir, así sea de modo irónico, ciertas ideas. En un sentido contrario, pero con la misma libertad, tú te reservas los nombres de quienes hicieron la lista de los supuestos peores libros del año y redactaron cada una de las entradas. Supongo que lo mío puede ser llamado cobardía o exceso de corrección, pero al menos firmo lo que escribo y no publico (por poner un ejemplo) una tontería tan grave como que Emiliano Monge no sabe redactar y luego no respaldo mi dicho con la firma de un ser humano verificable. Vaya valentía: tirar la piedra y esconder la mano, como dice el refrán. Como editor (y nunca me han faltado elogios para tu trabajo, merecidos todos, así que no tomes esto por un cebollazo) te corresponde la decisión de permitir o no que tus colaboradores firmen sus textos. Como escritor, tengo la libertad de decidir emprenderla a golpes contra personas con nombre y domicilio fiscal o de hacerlo contra espantajos que representen a lo que quiero atacar.
 Me parece que la discusión amerita un texto, que bien podría publicarse en Replicante, sobre la ética de los escritores.
Recibe un abrazo.
Y otro a Heriberto y, de nuevo, una disculpa por embarrarlo en un lío que no le toca.
Antonio Ortuño

En el reciente número de Replicante publicamos la lista de Los 10 peores libros del 2008, que hicimos entre varios miembros de la mesa de redacción, del consejo editorial y con las aportaciones de varios colaboradores (es decir: Rubén Bonet, Eve Gil, José Ramón López Rubí Calderón, Ariel Ruiz Mondragón, Héctor Villarreal, Rogelio Villarreal, Heriberto Yépez). Aquí va:

Los 10 peores libros del 2008
(escritos por debutantes o famosos, da igual)


¿Por qué los diez peores? Porque para llegar a esa conclusión hay más consenso que si se tratara de los diez —o cincuenta— mejores, si hemos de creer a las revistas culturales más añejas. Por eso Replicante quiso saber la opinión de críticos, editores, lectores, abogados, secretarias y boleros para poder enlistar los diez libros más malitos publicados en México durante el año pasado. Para ello se envió un correo electrónico a más de un centenar de personas, se hicieron algunas llamadas y se mandó un recado con un mensajero; de las cien, solamente respondieron treinta, las demás se disculparon con el pretexto de la navidad y las vacaciones. Por cuestiones de seguridad —los escritores son tan vengativos como los narcos— decidimos no publicar sus nombres. He aquí los títulos que a juicio suyo resultaron los diez peores libros de 2008 en México. (Si tu novela o libro de cuentos o ensayos no aparece en esta relación, no te preocupes, o es muy bueno o no lo leyeron.)

1 La voluntad y la fortuna, de Carlos Fuentes. A estas alturas, ¿quién no sabe que Fuentes dejó hace muchos años de escribir literatura seria para maquilar novelas supuestamente exitosas?

2 Chiquita, del cubano Antonio Orlando Rodríguez. Sólo puede explicarse que esta novela insoportable y sin méritos literarios haya obtenido el Premio Alfaguara porque Jorge Volpi fue parte en el jurado.

3 El jardín devastado, de Jorge Volpi. Hecha de retazos retóricos, no inspira sino compasión. Unas cuantas frases contundentes no evitan su fracaso por la grandilocuencia y escasa imaginación. Sólo puede explicarse que esta novela insoportable y sin méritos literarios haya obtenido el tercer lugar de esta elección porque Jorge Volpi votó para que La voluntad y la fortuna y Chiquita obtuvieran los dos primeros lugares.

4 Maridos, de Ángeles Mastretta. Como si sus libros anteriores no fueran suficiente razón para ya no publicar uno más, a principios de 2008 comenzó a circular este borrador de novela que relata las ideas anacrónicas de una señora y sus amigas. Ninguno de los que votaron por ésta pudo ir más allá de las primeras treinta páginas.

5 Arrastrar esa sombra, de Emiliano Monge. Con todo y errores de redacción y notable falta de oído, este libro de cuentos de realismo aburrido hace pensar que Sexto Piso ya está publicando a sus amigos. Ojalá regresen a los buenos títulos y no echen a perder su prestigio o, por lo menos, abran una colección para publicar a sus cuates que se llame Cuarto de Azotea.

6 La última partida, de Gerardo Piña. Si David Miklos escribe como Cristina Rivera Garza pero sin la gracia de esta escritora, ¿qué puede esperarse de un escritor debutante que aspira a escribir como Miklos? Éste es el caso de Gerardo Piña con su libro trasnochado, migrañoso y desvariante. Frases que hubieran hecho palidecer a Schopenhauer, como “Sabemos que no estamos muertos... porque estamos vivos”, obligan al lector a abandonar tan erudita lectura en la página 17.

7 Pétalos y otras historias incómodas, de Guadalupe Nettel. No es que sea tan malo. Es equis. Sólo es el que más queda a deber respecto de su pretenciosa publicidad (especialmente de sus reseñistas y comentaristas). Afectación pura desde la primera hasta la última línea (en los cuentos de Nettel y en los cuentos que de ellos han hecho sus publicistas).

8 Pedro Infante, las leyes del querer, de Carlos Monsiváis. Con su inconfundible y confuso estilo barroco autocitado, Monsiváis ensalza la pobreza y la solidaridad familiar en las películas del ídolo mexicano. Monsi solía publicar mucho periodismo prescindible pero pocos libros; este año, con tres títulos hechos al vapor, rompió su regla y ahí están los resultados: libros improvisados que no añaden nada.

9 Punks de boutique, de Camille de Toledo. Lo que pudo ser un buen libro didáctico de un joven escritor francés se volvió, por su arrogancia y cursilería, un mamotreto de ideas consabidas para lectores light que se deslumbran con facilidad. Esperemos que el autor no vuelva a reclamar airadamente que se le reseñe mal en México, donde debería rendírsele culto a un francés tan ilustre como él.

10 Informe, de Rafael Lemus. ¿Informe de su obsesión literaria por Mario Bellatin y Guillermo Fadanelli, autores a los que intenta emular, peor aún, mezclar? Aunque jure que su muso es Efrén Hernández, este libro prueba que, como Christopher Domínguez, es mejor que Lemus siga haciendo crítica venenosa que narrativa monótona.

Y los tres más malos en el ámbito de la política

1 La década perdida, de Carlos Salinas de Gortari. Su lectura no deja dudas: él fue el mejor presidente de la historia mexicana —según él, of course.

2 La gran tentación, de Andrés Manuel López Obrador. Su lectura no deja dudas: uno de los políticos más hábiles y chantajistas de la historia mexicana, ahora casi un cadáver político.

3 La ruptura que viene. Crónica de una transición desastrosa, de Porfirio Muñoz Ledo. Lenin redivivo, Muñoz Ledo apuesta ahora por el derrocamiento del Estado liberal y el establecimiento del populismo obradorista.

viernes, febrero 27, 2009

Los pueblos judíos


[publicado en Milenio semanal el domingo 22 de febrero]

La idea de que el pueblo israelita es uno y que desciende de los habitantes de los reinos de Judea e Israel pertenece más a la leyenda que a la realidad. Esto es lo que afirma el historiador Shlomo Sand, profesor de la Universidad de Tel Aviv y autor de Cómo se inventó el pueblo judío, de próxima aparición en Fayard, París. Esto obedece a una interpretación literal del Antiguo Testamento, que narra la huida de Egipto de los hebreos y su establecimiento en la Tierra Prometida hasta los exilios que siguieron a la destrucción del Primer Templo en el siglo VI a.C. y del Segundo Templo en el año 70 d.C., cuando se sucedería la diáspora y una errancia de dos milenios por el norte africano, Yemen, la antigua Sefarad —España— y posteriormente Alemania, Polonia y Rusia. A pesar del tiempo y la distancia el pueblo judío habría preservado los lazos de sangre, y el viejo deseo de Rosh Hashanah (el año nuevo) “El año que viene en Jerusalén” se haría realidad para los sobrevivientes del Holocausto y judíos de otras partes del mundo. El retorno a Palestina, habitada por una minoría sin arraigo, justificaría las guerras de posesión.
Se trata de una historia lineal que no había sido cuestionada nunca y que se originó en la reconstrucción del pasado a partir de “fragmentos de memoria religiosa, un encadenamiento genealógico continuo para el pueblo judío”; una reconstrucción moderna —finales del siglo XIX y comienzos del XX— producto de los “departamentos de historia judía”, separados de los de “historia general” en las universidades israelíes, cuyos propaladores nunca han discutido con historiadores con mayores recursos interdisciplinarios.
La Biblia es un libro que tiene que ver más con la teología que con la historia. Sin embargo, historiadores sionistas encontrarían en los relatos de Abraham, la salida de Egipto y el reino de David los primeros capítulos de la historia nacional, la cual fue convertida “en alimento cotidiano de la educación nacional”.
La investigación interdisciplinaria ha desmontado el discurso de la historia judía sionista y cimbrado las “verdades bíblicas”, cuestionando el éxodo del siglo XIII a.C., como también la conducción de los hebreos por Moisés hacia la Tierra Prometida, ya que en esa época Palestina estaba ocupada por... los egipcios. No hay registros de una rebelión de esclavos en el imperio de los faraones ni de la conquista de Canáan. Así, varios acontecimientos narrados en la Biblia son desmentidos por la ciencia, hasta llegar al año 70 y la supuesta expulsión de los judíos por los romanos. Pero sucede que “los romanos nunca expulsaron a ningún pueblo en la región oriental del Mediterráneo”, dice Shlomo Sand, y plantea una primera conclusión: los pobladores de Judea siguieron viviendo en esas tierras hasta nuestros días.
La siguiente afirmación es que la mayoría de las numerosas comunidades judías dispersas provienen de una larga serie de conversiones masivas, muchas veces forzadas y muchas otras voluntarias, como las de los reinos de Adiabeno en el siglo I, en el actual Kurdistán, y el inmenso reino jázaro en el Cáucaso en el siglo VIII, y posteriores conversiones de eslavos —base de la cultura yidish—, así como de bereberes en el siglo VII, los que participarían más tarde en la conquista árabe de España. La investigación de Sand desmiente el mito fundacional judío y obliga a repensar en la necesidad de un Estado en el que puedan convivir distintos pueblos árabes y judíos con orígenes comunes pero también muy diversos.

viernes, febrero 20, 2009

Ya no quiero ser mexicano

Artículo publicado en Milenio Semanal el domingo 15 de febrero.

En la novela de Cormac McCarthy Meridiano de sangre [1985] el juez Holden dice: “En México no hay gobierno. Qué diablos, en México no hay Dios. Ni lo habrá nunca. Nos enfrentamos a un pueblo manifiestamente incapacitado para gobernarse. ¿Y sabes lo que ocurre con el pueblo que no sabe gobernarse? Exacto: que vienen otros a gobernar por ellos”. Aunque el demoniaco exterminador de indios y mexicanos se refería al México de 1847, esta sentencia podría haber sido proferida hoy, cuando el crimen mantiene en jaque al Estado y a la población y la clase política ha hecho retroceder mezquinamente el avance de una democracia macilenta, en la antesala de una crisis que será devastadora si hemos de creer a Carlos Slim.
Según datos de la Procuraduría General de la República, en 2007 se cometieron más de un millón y medio de delitos —violaciones, atracos, asaltos, robos, fraudes, secuestros y homicidios: cerca de 1,500 por cada cien mil habitantes—, y es de esperarse que la cantidad aumentó notoriamente en los últimos dos años, sobre todo si consideramos la cifra negra de los delitos no denunciados y no registrados en las estadísticas [www.icesi.org.mx]. Por cierto, muchos mexicanos también señalan como delincuentes a la mayoría de los congresistas y funcionarios, cuyo botín es el país entero.
Mauricio Bares encontró un afortunado título para su libro de crónicas Ya no quiero ser mexicano [Nula, 2007], que tomo prestado para esta nota. “Estoy convencido de que existen muchos más mexicanos de los que yo calculo que ya no desean serlo, incluido yo”, confiesa el también literato J.M. Servín en el prólogo a esa sarcástica colección de relatos. ¿A qué se debe este creciente y loable desprecio a la idiosincrasia nacional priista-guadalupana? Puede ser que, al vernos reflejados en el espejo de nuestros gobernantes, legisladores y narcotraficantes, nos aterra y escandaliza la imagen que nos devuelve. No es del todo cierto que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, pero sí que quienes nos “dirigen” provienen de nuestras filas. El poder, el acceso a las arcas y la impunidad hacen el resto: “Yo no quiero que me den, sino que me pongan donde hay”.
Personalidades y organizaciones ciudadanas han expresado públicamente no sólo su hartazgo y frustración, sino también su reclamo a las autoridades para que rescaten el Estado de derecho. Hasta ahora, eso ha sido en vano. ¿Cómo recuperar el país para esa franja de mujeres y hombres atrapados entre dos fuegos? “¿Tiene México compostura?”, pregunta desde Tijuana el crítico Heriberto Yépez. “El sentido común responde que sí, pero hace falta ser un bobo, miembro de algún partido o profesional de la retórica vacía para creer que México aún tiene salvación como proyecto humano. Nos hemos convertido en una amenaza grave para la existencia de la humanidad en este territorio. Esta cultura fracasó. Como narcopaís, donde imperan la fraudulencia, la corrupción, la pobreza económica y espiritual, la mentira mediática, la puerca ‘Neta’ popular, la absurda fe religiosa, la impunidad e irresponsabilidad total, la única solución”, concluye Yépez drásticamente, “es erradicar la cultura mexicana”.
Un atisbo de solución podría ser, mediante la educación, empezar a despojarnos de esos atavismos de una vez y para siempre y trascender esa falsa identidad plagada de mentiras oficiales. El dilema es si podremos transformarnos en un país exitoso o iremos directo al fracaso. ¿O dejaremos que sean otros los que nos gobiernen, como advertía el juez Holden?


A propósito de Bares, a quien cito en este artículo, me escribió José Mariano Leyva para comentarme sobre la edición facsimilar de A Sangre Fría, lo cual es de celebrarse —aunque la zalamera entrevista con el "criminal" Guillermo Quijas, mandamás de Almadía, sale sobrando, y más por utilizar un recurso tan trillado. Le comenté a Leyva que parece que nadie se acuerda de La Regla Rota, que publiqué de 1984 a 1987, ni de La Pus moderna, de 1989 a 1996... con cientos de colaboraciones de autores jóvenes —incluyendo al propio Bares— y viejos que ahora son respetables integrantes del establishment cultural. Desde luego, no me la paso solicitando que algún valiente y sensible editor se arriesgue a publicar esas dos revistas, pero, ¿habrá algún saleroso estudiante que quiera hacer su servicio social escaneando varios cientos de páginas de esas dos publicaciones? No se aburrirá, por cierto, y podríamos ofrecerlas gratuitamente en la red...